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Fray Claudio Granzotto

Religioso profeso de la Orden franciscana, de quien cabe destacar la exquisita bondad y la fina sensibilidad para el arte, en especial la escultura. Dócil a la acción del Espíritu, se convirtió, de joven obrero, en modelo para los religiosos en su entrega total al amor del Señor; para los artistas, en su búsqueda de la belleza de Dios; y para los enfermos, en su adhesión amorosa al Crucificado. Lo beatificó Juan Pablo II el 20 de noviembre de 1994.

Claudio nació el 23 de agosto de 1900 en Santa Lucía di Piave (Treviso, Italia). Su familia era económicamente modesta, pero muy cristiana. La naturaleza le dotó de una voluntad tenaz y de una exquisita bondad, que lo hacía amable a todos. El duro trabajo en el campo y, posteriormente, los oficios de carpintero y de albañil templaron su carácter y le formaron en el sacrificio y la generosidad. A los 15 años sintió repentinamente la pasión por el arte, especialmente por la escultura, la cual se convirtió muy pronto en el mayor sueño de su vida. El 2 de abril de 1918 se vio forzado a partir al frente militar y, tras un período de cuatro años transcurridos en Roma, Forlí, Nápoles, Sant'Arcangelo di Romagna y Albania, a la edad de 22 años, gracias a la ayuda de su párroco Mons. Morando, ingresó, con grandes sacrificios y admirable constancia, en la Academia de Bellas Artes de Venecia, donde, a los 29 años, obtuvo con la máxima nota el diploma de profesor de escultura.

Cuando ante la mirada del joven y apreciado profesor brillaba un espléndido futuro, el Señor lo llamó a la vida franciscana, injertando su ideal artístico en el ideal todavía más sublime de la santidad. El 7 de diciembre de 1933 ingresó en la Orden de los Frailes Menores, en San Francisco del Desierto, en la laguna véneta. Al presentarlo al ministro provincial de los Frailes Menores de Venecia, el arcipreste de Santa Lucía di Piave escribía: «La orden consigue no sólo un artista, sino también un santo».

Comienza su subida al monte santo de Dios, es un recorrido marcado por un inmenso amor a Dios; un total abandono en sus manos; una oración hecha vida y que lleva con frecuencia a fray Claudio a la adoración ante el Sagrario; al amor a todos, especialmente a los pobres y enfermos; una extraordinaria y suave humildad; una obediencia pronta y generosa; y una radiante castidad.

Su práctica heroica de todas las virtudes se alimenta de una piedad eminentemente eucarística y reparadora y de una devoción filial a María Inmaculada. Amó de corazón a la Madre del Señor, hasta el punto de poder afirmar: «¡Soy esclavo de la Virgen!... La Virgen quiere mi salvación, porque desde hace mucho tiempo estoy consagrado a su Corazón inmaculado, cuyo esclavo me considero». Por amor a la Virgen de Nazaret, construyó cuatro Grutas de Lourdes, una de las cuales, la de Chiampo, es de proporciones idénticas a las de la Gruta de Massabielle, en Francia.

Fray Claudio, que había escrito: «Señor, cuando me concedas el don de las espinas tendré la certeza de que has aceptado el sacrificio de mi vida», no rehuyó el don conclusivo con que Cristo quiso mostrarle su predilección. Atacado por un tumor cerebral, el 15 de agosto de 1947, en el hospital civil de Padua se encontró para siempre con Aquel a quien había confesado: «Quiero vivir y morir diciéndote y demostrándote que te amo más que a todos los tesoros del cielo y de la tierra». La Reina de los Ángeles, a quien había venerado y honrado con todo el corazón, lo acogía en la morada celestial el día de la solemnidad de su Asunción, atendiendo así el deseo de su siervo: «El día de la Asunción me voy». Sus restos mortales descansan en Chiampo, al pie de la gruta de Lourdes, convertida, según su promesa, en «lugar de oración y de encuentro con Dios para tanta gente».

Al principio de su vida franciscana, escribió: «Quisiera que mi vida permaneciese escondida como un grano de arena». Pero el proyecto de Dios sobre este humilde fraile menor era muy distinto. La fama de santidad de que gozaba ya en vida, tras su muerte se difundió rápidamente por el Véneto, el resto de Italia y otras muchas partes del mundo. El 16 de diciembre de 1959, el entonces Obispo de Vittorio Véneto, Mons. Albino Luciani, el futuro Papa Juan Pablo I, iniciaba el proceso diocesano sobre la vida y virtudes del artista franciscano. Este camino concluía el 7 de septiembre de 1989, día en que el Papa Juan Pablo II declaraba la heroicidad de las virtudes del siervo de Dios, y el 6 de julio de 1993, aprobaba el milagro atribuido a su intercesión, declarándolo válido a los fines de la  beatificación.

Con su vida de artista, de franciscano y de fidelidad al Evangelio, transmitió un mensaje de alegría y de esperanza tanto a los hombres de su tiempo como a los de nuestros días. Escultor de materia inerte, que supo convertir en testimonio elocuente de la Belleza divina, fray Claudio Granzotto fue, sobre todo, un espléndido escultor de sí mismo: «Me he entregado por entero a Jesús. Esto me ha costado mucho esfuerzo... Hay que dejarse moldear por él, de lo contrario vivimos la vida en vano».

En Cristo bebió el ardor que convirtió por entero su joven existencia en un fuego de caridad. Con la santidad de su vida heroica, aparece ante la Iglesia, ante los artistas y ante todo hombre de nuestros días como expresión de la humanidad nueva que el Espíritu de Jesús resucitado guía hacia los infinitos horizontes del Amor.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 18-XI-94]

Junípero Serra

«Siempre adelante, nunca hacia atrás». Este fue el lema de Junípero Serra, cuyas dotes intelectuales, celo misionero, bondad y paciencia produjeron sus frutos en su nativa Mallorca, en México y en los Estados Unidos.

Nacido en Petra (Mallorca) el 24 de noviembre de 1713, Miguel José fue hijo de Antonio Serra y Margarita Ferrer, agricultores. Después de la enseñanza primaria en los Franciscanos de Petra, Miguel marchó a Palma, la Capital, e ingresó en los Frailes Menores en 1730, tomando el nombre de Junípero en honor de uno de los primeros seguidores de San Francisco. Ordenado de sacerdote en 1737, Serra fue destinado a enseñar filosofía. Entre sus alumnos hubo dos que fueron sus últimos colaboradores en el Nuevo Mundo, Francisco Palou y Juan Crespí. Tras doctorarse en Teología en la Universidad del Beato Ramón Llull en 1742, Serra continuó enseñando filosofía y teología y adquirió gran fama como predicador.

En 1749, en unión de Palou, partió para el Colegio de San Fernando, en la Ciudad de México. Temiendo comunicar a sus padres su próxima partida, Serra pidió a un fraile compañero suyo que les informara sobre el particular. «Yo quisiera poder infundirles la gran alegría que llena mi corazón», decía. «Si yo pudiera hacer esto, seguro que ellos me instarían a seguir adelante y no retroceder nunca». Les pedía que comprendieran su vocación misionera y prometía recordarlos en la oración.

Poco después de su llegada a México, Serra sufrió la picadura de un insecto que le produjo la hinchazón de un pie y una úlcera en la pierna de la que le resultó una cojera para el resto de su vida. Tras unos meses en el Colegio de San Fernando, Serra fue destinado a las misiones de Sierra Gorda al nordeste de la ciudad de México. Allí trabajó durante ocho años, tres de ellos como presidente de las misiones. Llamado a la Ciudad de México, fue maestro de novicios durante nueve años y continuó su predicación en las zonas alrededor de la capital. En 1767 los jesuitas fueron expulsados de México y sus misiones de la Baja California fueron encomendadas al Colegio de San Fernando. Serra fue nombrado presidente de esas misiones, cuya cabecera estaba en la Misión de Loreto.

En 1769, la Corona de España decidió colonizar la Alta California (hoy Estado de California en los EE.UU.). Serra fue nombrado nuevamente presidente; supervisó la fundación de las nueve misiones: San Diego (1769), San Carlos Borromeo (1770), San Antonio de Padua (1771), San Gabriel Arcángel (1771), San Luis Obispo (1772), San Francisco de Asís (1776), San Juan de Capistrano (1776). Santa Clara de Asís (1777) y San Buenaventura (1782).

En 1773 Junípero fue a la Ciudad de México para entrevistarse con el Virrey Bucarelli y tratar de resolver los problemas que habían surgido entre los misioneros y los representantes del Rey en California. La Representación de Serra (1773) ha sido llamada «Carta de los Derechos» de los indios; una parte decretaba que «el gobierno, el control y la educación de los indios bautizados pertenecerían exclusivamente a los misioneros». Durante esta visita a la Ciudad de México Serra escribió a su sobrino, el Padre Miguel Ribot Serra diciéndole: «En California está mi vida y allí, si Dios quiere, espero morir».

Ni siquiera el martirio del Padre Luis Jaime en la Misión de San Diego (1775) apagó el deseo de Serra de añadir nuevas misiones a la cadena de las ya existentes a lo largo de la costa de California. En todas estas misiones, Junípero y los frailes enseñaron a los indios métodos de cultivo más eficaces y el modo de domesticar a los animales necesarios para la alimentación y el transporte. Cuando fue capturado el indio que dirigía a los rebeldes en la Misión de San Diego, Serra escribió al Virrey, pidiéndole que perdonara la vida del indio. Los que fueron capturados, fueron eventualmente perdonados. En la misma carta al Virrey, Serra pedía que «en el caso de que los indios, tanto paganos como cristianos, quisieran matarme, deberían ser perdonados». Serra explicaba: «Debe darse a entender al asesino, después de un moderado castigo, que ha sido perdonado y así cumpliremos la ley cristiana que nos manda perdonar las injurias y no buscar la muerte del pecador, sino su salvación eterna».

Serra pasó los últimos años de su vida ocupado en las tareas de la administración, la necesidad de escribir muchas cartas a las otras misiones y a la Iglesia y a los oficiales del gobierno en la Ciudad de México, y con el ansia de fundar las misiones necesarias. Sin embargo, trabajó con gran fe y tenacidad, aunque le iban faltando las fuerzas. Los indios le pusieron de apodo «el viejo», porque tenía 56 años cuando llegó a la Alta California, pero Serra trabajó constantemente hasta su muerte el 28 de agosto de 1784 en la Misión de San Carlos Borromeo, que había sido su cuartel general y se convirtió en el lugar de su descanso definitivo. Los indios y los soldados lloraron la muerte de Serra y lo llamaban «Bendito Padre». Muchos se llevaban un trozo de su hábito como recuerdo; otros tocaban medallas y rosarios a su cuerpo.

Poco tiempo después de la muerte de Serra, el Guardián del Colegio de San Fernando escribía al Provincial de los Franciscanos en Mallorca: «Murió como un justo, en tales circunstancias que todos los que estaban presentes derramaban tiernas lágrimas y pensaban que su bendita alma subió inmediatamente al cielo a recibir la recompensa de su intensa e ininterrumpida labor de 34 años, sostenido por nuestro amado Jesús, al que siempre tenía en su mente, sufriendo aquellos inexplicables tormentos por nuestra redención. Fue tan grande la caridad que manifestaba, que causaba admiración no sólo en la gente ordinaria, sino también en personas de alta posición, proclamando todos que ese hombre era un santo y sus obras las de un apóstol».

El 14 de septiembre de 1987, el Papa Juan Pablo II tuvo un encuentro con los Indios nativos americanos en Fénix, Arizona, durante el cual alabó los esfuerzos de Serra para proteger a los indios contra la explotación. Tres días más tarde el Papa visitó la tumba de Serra en la Misión de S. Carlos Borromeo y recordó la Representación de Serra en 1773 en favor de los indios de California. Juan Pablo II dijo que Serra y sus misioneros compartían la convicción de que «el Evangelio es un asunto de vida y de salvación. Ellos estimaban que al ofrecer a Jesucristo a la gente, estaban haciendo algo de un valor, importancia y dignidad inmensos». Esta convicción los sostenía «frente a cualquier vicisitud, desazón y oposición».

Santa Beatriz da Silva y Meneses, fundadora


Beatriz de Silva, antes de estar en el reino eterno del cielo, fue ciudadana de la tierra; y los documentos, relativos a su origen, más aún, su obra de fundadora y una nueva y siempre floreciente familia religiosa, la de las Monjas Franciscanas de la Santísima Concepción de María, no dejan duda alguna, sino que confieren particular certeza y edificante ejemplaridad a la historia hagiográfica de esta espléndida figura.

Santa Beatriz de Silva, portuguesa de origen, pasó la mayor parte de su existencia terrena en tierra de España. Séanos, pues, permitido rendir homenaje a estas dos nobles naciones utilizando sus lenguas para trazar, con rápidas pinceladas, el perfil biográfico de una mujer que habla a nuestro corazón de creyentes, si no con escritos, sí con la elocuencia más convincente de la vida.

Beatriz de Silva nació en Ceuta, ciudad del norte de África asomada al Mediterráneo, y que en aquella época se encontraba bajo el dominio de la corona de Portugal. El feliz acontecimiento tuvo lugar con mucha probabilidad en 1426, aunque algunos biógrafos hablen de 1424.

Nació portuguesa, por tanto. Su padre, don Ruy Gomes de Silva, aún joven, combatió en la conquista de la referida ciudad de Ceuta, en 1415; y se portó con tanto denuedo y valor, que el capitán de la plaza, de nombre don Pedro de Meneses, le premió concediéndole en matrimonio a su propia hija Isabel. Ésta, por diversos enlaces, estaba emparentada con las casas reales de España y Portugal.

Nacieron de este matrimonio once hijos, criados y educados con amor y con la esclarecida prudencia de un alma profundamente cristiana como la de los progenitores, sobre todo la madre. Además de Beatriz, descolló entre ellos el beato Amadeo de Silva, que abrazó en Italia la Orden de San Francisco y dio origen a una rama de la Orden de Frailes Menores, reformados, conocidos con el nombre de Amadeos.

Hacia 1433, el padre de Beatriz de Silva Meneses fue nombrado alcaide principal de la villa de Campo Mayor, en Portugal, a donde se trasladó con toda su familia. En Portugal, por tanto, pasó la nueva Santa los tiempos de su infancia y juventud, cultivando las excelsas cualidades de su alma privilegiada y preparándose para las pruebas futuras. La experiencia de sufrimientos físicos y morales, como prueba de amor, es frecuente en el camino que deben recorrer aquellos a quienes el Señor quiere dar la corona de la vida, prometida a quienes lo aman (cf. Santiago 1,12).

En el año 1447, al casarse Isabel, hija de Juan príncipe de Portugal, con Juan II rey de Castilla, llevó consigo a tierras de Castilla a Beatriz, la cual había cumplido los veinte años.

Sin embargo, pasado cierto tiempo, debido a que su belleza provocaba la admiración de los nobles o, quizás, porque la misma reina temía ver en ella una peligrosa rival, Beatriz abandonó la corte real que estaba en Tordesillas (Valladolid) e ingresó en el monasterio cisterciense de Santo Domingo de Silos, en Toledo, en el que durante treinta años se dedicó únicamente a Dios.

Después de estos casi treinta años de dedicación a Dios, decidió fundar un nuevo monasterio u Orden de la Inmaculada Concepción, en honor del Misterio de la Inmaculada Concepción y para la propagación de su culto. Así, pues, el año 1484 abandonó el monasterio de Santo Domingo y pasó, con algunas compañeras, a una casa llamada Palacio de Galiana, que le había donado la reina Isabel la Católica.

Santa Beatriz, fundadora

El día treinta de abril de 1489, a petición de Beatriz y de la misma reina Isabel, el Papa Inocencio VIII autorizó la fundación del nuevo monasterio y aprobó las principales reglas que, entre tanto, habrían de observarse en el mismo.

Sin embargo, antes de que, conforme al permiso pontificio, se iniciara a la vida regular en el nuevo monasterio, Beatriz subió a los cielos. No obstante, su Instituto no desapareció y, a pesar de algunas dificultades, se convirtió en una verdadera Orden religiosa y obtuvo su propia regla el año 1511.

Esto es lo que, en síntesis, nos dicen las fuentes históricas sobre Santa Beatriz de Silva. Y ahora el alma se queda pensativa ante esta frágil figura de mujer velada, a la que un cierto hálito de misterio hace más sugestiva, y se pregunta si ella tiene un mensaje para el hombre actual, tan alejado, psicológicamente, de aquel mundo poblado de caballeros, príncipes y damas, en el que ella naciera.

Debemos contestar que sí ciertamente.

Está, desde luego, el mensaje representado por la obra misma de Santa Beatriz, la Orden de las Concepcionistas, esbozado por su corazón enamorado de Dios.

La nueva familia religiosa se difundió rápidamente por las diversas naciones europeas y después también por el Nuevo Mundo, que se acababa de descubrir (la primera fundación Concepcionista en Méjico se remonta a 1540), y está en nuestros días bien representada en la Iglesia: con sus cerca de 3.000 monjas, que pueblan los actuales 150 monasterios esparcidos por el mundo, la Orden da testimonio de su presencia vital en la Iglesia, una presencia que se califica por el empeño de la penitencia y de la contemplación.

En una sociedad permisiva como la actual

La estricta clausura, determinada por la Regla en todos sus detalles con bastantes años de anticipación sobre la reforma tridentina, y observada aún en nuestros tiempos por las Concepcionistas, que han preferido estar físicamente ausentes de esta celebración para estar en Dios espiritualmente más próximas a su Madre, pretende precisamente favorecer el íntimo recogimiento, necesario para un más intenso y continuado coloquio con Dios. ¿Cómo no recordar a este respecto las palabras, de sabor claramente franciscano, con las que el capítulo X de la Regla insiste en la dimensión orante y contemplativa de la Orden? «Consideren atentamente las hermanas que, sobre todo, deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, con pureza de corazón y oración devota; purificar la conciencia de los deseos terrenos y de las vanidades del siglo, y hacerse un solo espíritu con Cristo, su Esposo, mediante el amor». Para el hombre moderno, encarcelado en el torbellino de las impresiones sensoriales, multiplicadas por los «mass-media» hasta límites obsesivos, la presencia de estas almas silenciosas y vigilantes, entregadas al mundo de las realidades «no visibles» (cf. 2 Cor 4,18; Rm 8,24ss), ¿no representa quizá una llamada providencial a no perder una dimensión constitutiva de su naturaleza, la de la vocación a caminar por los horizontes ilimitados de lo divino?

Pero hay, además, un segundo mensaje que acerca a Santa Beatriz a nuestra experiencia, haciéndonos apreciar toda la actualidad del testimonio que ella nos presenta. Vivimos en una sociedad permisiva, que parece no reconocer frontera alguna. El resultado está a la vista de todos: la expansión del vicio en nombre de una malentendida libertad, que, ignorando el grito indignado de las conciencias rectas, se burla y conculca los valores de la honestidad, del pudor, de la dignidad, del derecho de los demás, es decir, de los valores sobre los que se basa cualquier convivencia civil ordenada. Ahora bien, la sociedad nobiliaria del período del renacimiento, aquellos ambientes cortesanos, tal como se nos describen en las crónicas de la época, presentan con mucha frecuencia, aunque con nobles excepciones, un panorama en el cual se reflejan bastante bien algunas tristes experiencias de hoy.

Fue aquel ambiente en el que Santa Beatriz maduró su opción: habiéndose dado cuenta pronto de las pasiones que su excepcional belleza suscitaba en torno, como flor que, germinaba en terreno pantanoso, eleva hacia lo alto su intacta corola a fin de acoger el primer rayo de sol, así la noble muchacha «sin más dilación en determinarse -es su primer biógrafo el que narra el episodio-, tomó su camino, y dejó la inquietud de la corte, huyendo de ella, para venir a recibir la ley de la conversión saludable, después de cuyo cumplimiento entrase a la tierra prometida de los santos». Pero no se limitó a esto la generosidad de su determinación virginal: «Acordándose -sigue siendo el primer biógrafo el que narra- de la hermosura que de Dios había recibido, determinó que ningún hombre ni mujer le viese el rostro mientras viviese».

El radicalismo de su testimonio

¿Exageración? Los santos representan siempre una provocación para el conformismo de nuestras costumbres, consideradas sabias sencillamente porque nos resultan cómodas. El radicalismo de su testimonio quiere ser una sacudida para nuestra pereza y una invitación al redescubrimiento de algún valor olvidado; el valor, por ejemplo, de la castidad como valeroso autocontrol de los instintos y gozosa experiencia de Dios, en la límpida transparencia del espíritu. ¿No es acaso ésta una lección de la máxima actualidad para los hombres de hoy?

La fascinación de María, Virgen Inmaculada

Santa Beatriz de Silva quiere decirnos todavía una última palabra esta mañana. Es quizá la palabra más importante, porque en ella está encerrado el secreto de su experiencia espiritual y el de su santidad.

Esta palabra es el nombre de María y más concretamente el de María Inmaculada. La blanca limpieza de la Virgen fue el ideal de su vida; lo subraya su primer biógrafo: «Se le fue acrecentando la gracia de una singular devoción a la Concepción sin mancilla de la Reina del Cielo, de la cual, desde que algo supo, fue entrañablemente devota». Aquella devoción la legó, como herencia significativa, a sus hijas espirituales, disponiendo que ella fuera la característica de la nueva Orden, «una Orden -y usamos ahora las expresiones de otro antiguo biógrafo suyo- en la que por deber, no menos que por significación de hábito y Regla, aprobada por la santa Iglesia de Roma, fuese esta Santísima Concepción de la Virgen gloriosa, honrada, afirmada y ensalzada con continuas alabanzas». De esta forma, no pocos siglos antes de la proclamación del dogma, y mientras todavía hervían las discusiones teológicas, la Inmaculada Concepción se manifestaba como fuerza viva en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia, suscitando una Orden contemplativa que se inspiraba en el níveo fulgor de la «Toda pura» y recibía de ella energías para una más generosa consagración a Cristo, en el cotidiano esfuerzo para no apartar nada de la dulce soberanía de su amor.

Mensaje válido para nosotros

Es éste un mensaje válido también para nosotros, artífices de un progreso que nos exalta y nos asusta al mismo tiempo por su intrínseca ambigüedad, dado que somos portadores de aspiraciones nobilísimas y al mismo tiempo estamos sometidos a humillantes debilidades; para nosotros, hombres modernos «atormentados entre la esperanza y la angustia» (Gaudium et spes, 4). ¿Cómo no sentir la fascinación de María, que «con su materna caridad se preocupa por los hermanos de su Hijo, que peregrinan aún y están puestos en medio de peligros y afanes» (Lumen Gentium, 62)? ¿Cómo no sentir la necesidad de extender a Ella nuestras manos, inciertas las más de las veces y titubeantes, a fin de que Ella nos afiance y nos conduzca por los caminos seguros que llevan a su Hijo?

Esta es la invitación que, como síntesis de toda su experiencia espiritual, nos dirige hoy Santa Beatriz de Silva: mirar a María Inmaculada, seguir su ejemplo, invocar su protección, porque en el providente designio de salvación «la Madre de Jesús... brilla en este mundo... ante el Pueblo de Dios peregrino, como signo de segura esperanza y de consuelo, hasta que llegue el día del Señor» (Lumen Gentium, 68).

¡Honor y gloria a Portugal, noble país de hidalga tradición de fidelidad a la Iglesia, hoy en fiesta con la fiesta de la Iglesia, al ser canonizada una hija suya, que es llamada y estímulo particular para los portugueses! A vosotros, amados hijos presentes, y en particular a los familiares de la nueva Santa, nuestro cordial saludo con deseos de todo bien, con la celeste protección de Santa Beatriz de Silva para el querido Portugal.

¡Honor y alabanza a España, que ha sabido cultivar y conservar con tanto esmero este nuevo brote de santidad! Él viene a acrecentar el rico patrimonio espiritual de esta Nación bendecida, que ha dado al mundo ejemplares tan eximios en el camino de la virtud, del seguimiento de Cristo, de fidelidad a la Iglesia.

Pueda el ejemplo de la nueva Santa suscitar, sobre todo en las jóvenes generaciones, una floración abundante de espiritualidad. Así lo pedimos a Santa Beatriz de Silva, mientras le suplicamos que proteja constantemente a España y a la Iglesia.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. V, n. 15 (1076) 336-340]

Los mártires franciscanos de Castilla

Al comenzar la guerra civil española de 1936, la comunidad franciscana de Consuegra (Toledo) era sede del teologado de la Provincia de Castilla y estaba formada por 32 religiosos: 9 sacerdotes, 19 estudiantes y cuatro hermanos no clérigos. 28 de ellos sufrieron martirio por la fe en diversos lugares y en distintas fechas de 1936. El apostolado sacerdotal, la docencia y estudio de la teología llenaban la vida de aquella comunidad, en la que predominaba el gozo por la vocación franciscana y sacerdotal. Los religiosos se sentían centrados y felices, la piedad y la entrega a sus tareas era ejemplar, y el entusiasmo de los jóvenes por su formación y por el ideal apostólico y misionero, verdaderamente envidiable. Los franciscanos estaban bien vistos por el pueblo, que era muy religioso, pero las autoridades locales actuaron a los dictados del Gobierno de la nación, que se había propuesto hacer desaparecer de España la religión.

El 21 de julio de 1936, las autoridades se incautaron de todas las iglesias y prohibieron celebrar actos religiosos, incluso a puertas cerradas. El Guardián del convento franciscano tuvo que entregar a la fuerza las llaves de la iglesia. Del 21 al 24, los franciscanos siguieron en su convento, pero sin poder salir y cercados por guardias del pueblo. Pasaron esos días en oración, se confesaron y celebraron la eucaristía en el oratorio del estudiantado.

El 24 fueron expulsados del convento. El último en salir fue el P. Víctor Chumillas, Guardián, que entregó las llaves a los agentes municipales. Los religiosos fueron hospedados por familiares y bienhechores. En los días de hospedaje llevaron una vida serena y de oración, sin intentar huir ni esconderse de los perseguidores. El P. Víctor expresó repetidamente su deseo de ser mártir.

Entre la tarde y noche del 9 de agosto y la mañana del 10, fueron detenidos 28 de los 32 franciscanos. Los otros cuatro lo serían el día 11. Ellos, sin protestar ni resistirse, pero conscientes de que los matarían, siguieron a los agentes, que los llevaron a la cárcel municipal. La estancia en la misma quedó descrita por el P. Chumillas en su breviario. Todos iban contentos de sufrir por el Señor y, al verse, se abrazaron, se pidieron mutuamente perdón y recibieron del superior la absolución general. Por la noche, ellos y los demás eclesiásticos encarcelados se confesaron, oraron y renovaron los votos y las promesas sacerdotales. El P. Chumillas les exhortó a sufrir el martirio por Dios y todos quedaron con ardiente deseo de padecerlo y se retiraron a descansar diciendo:

«Preparado está nuestro corazón, Señor, preparado está nuestro corazón. Vengan cuando quieran a darnos muerte, que nosotros esperamos firmemente la vida eterna de la mano de Dios misericordioso».

Habiendo ingresado en la cárcel los demás sacerdotes y religiosos del pueblo el día 11, fueron todos trasladados a la iglesia de Santa María, antiguo convento franciscano, convertida en prisión. Allí recibían el alimento de los familiares y bienhechores. Estaban serenos y dedicaban el tiempo a la oración y al diálogo mutuo, estimulándose al martirio. Todos hicieron confesión sacramental. El día 14 fueron liberados tres franciscanos de avanzada edad y otros religiosos. También fue liberado uno de los estudiantes de teología, hijo de Consuegra.

Pasada la media noche del 15 al 16, los franciscanos fueron sacados de la iglesia-prisión. Mientras salían, el P. Benigno Prieto dijo: «No os asustéis, hermanos, que vamos al cielo». Inmediatamente mandaron volverse a los naturales de Consuegra y a los hermanos no clérigos, en total, ocho, que serían luego asesinados el 19 de agosto y el 24 de septiembre. Los veinte restantes fueron subidos a un camión. Al terminar de pasar lista, dijeron los perseguidores: «Domingo Alonso que se baje, que no está en lista». Parece que un amigo quiso librarle. Pero él repuso: «Domingo no se baja, que Domingo irá donde vayan sus hermanos».

Escoltado por varios coches, en los que iba el alcalde y miembros del Ayuntamiento, el camión inició su marcha, salió de Consuegra, pasó por el pueblo de Urda y se detuvo en el lugar llamado Boca de Balondillo, en el término municipal de Fuente el Fresno (Ciudad Real). Los franciscanos, que habían ido rezando por el camino, recibieron la orden de bajar y ponerse en fila a pocos metros de la carretera. El P. Víctor Chumillas pidió al alcalde que los desatasen para morir con los brazos en cruz, pero no le fue concedido. Pidió que los fusilasen de frente, y el alcalde permitió que se volviesen. Entonces el P. Víctor dijo a su comunidad: «Hermanos, elevad vuestros ojos al cielo y rezad el último padrenuestro, pues dentro de breves momentos estaremos en el Reino de los cielos. Y perdonad a los que os van a dar muerte». Y al alcalde: «Estamos dispuestos a morir por Cristo». Inmediatamente, Fr. Saturnino clamó: «¡Perdónales, Señor, que no saben lo que hacen!». Empezó la descarga de disparos.

En ese mismo momento, varios de los franciscanos gritaron: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Orden Franciscana! ¡Perdónales, Señor!». Eran aproximadamente las 3,45 de la madrugada del 16 de agosto de 1936. Los cuerpos, por orden de la autoridad, fueron recogidos ya de día, llevados en un camión y sepultados en el cementerio de Fuente el Fresno. Una cruz de mármol con una breve inscripción recuerda el lugar de su martirio.

Terminada la guerra civil, fueron trasladados al cementerio de Consuegra. El 15 de agosto de 1940, se trasladaron sus cuerpos a la capilla construida al efecto en la iglesia del convento franciscano de esa localidad, hasta que, el 26 de noviembre de 1982, por cierre de la casa, fueron trasladados a Toledo y, el 23 de diciembre de aquel mismo año, inhumados definitivamente en la iglesia franciscana de San Juan de los Reyes.

El pueblo cristiano los consideró mártires y santos desde que supo su muerte, se encomendó a ellos y bastantes personas declaran haber recibido gracias por su intercesión.

A continuación damos una breve reseña biográfica de cada uno de estos mártires.

P. VÍCTOR CHUMILLAS

Dios lo destinó para su apóstol y su mártir, y madrugó en él. Olmeda del Rey (Cuenca) vio nacer a Víctor Chumillas Fernández el 28 de julio de 1902. Sus padres, Alfonso y Catalina, eran queridos por todos: de condición humilde, él albañil y muy religioso; la madre era la enfermera del pueblo y la que ayudaba a los enfermos a bien morir; el padre los enterraba gratis. Murió joven el padre y la dificultad económica se agravó para la viuda y sus seis pequeños. Víctor simultaneó su asistencia a la escuela con el trabajo: ayudaba a la madre a vender yeso por los pueblos, y en los veranos se ajustaba de trillador. Fue acólito en la parroquia, notoria su piedad, querido por el párroco y sus paisanos. A falta de rosario, se ayudaba de diez piedrecitas para rezarlos cuando iba a vender yeso con la madre. Visitaba y ayudaba a los enfermos, repartía su comida o ahorrillos con otros tan pobres como él.

Iba para apóstol. Le gustaba aprender sermones y recitarlos luego, incluso delante de los mayores. Los vecinos, al oírlo, decían: «Ya está Víctor predicando». Repetía que quería ser franciscano para ir a misiones y morir martirizado, como los protomártires del Japón. El párroco propuso a los franciscanos, que daban una misión en Olmeda, que le admitiesen en el seminario. Fue la gran alegría de la infancia de Víctor. Dando saltos, fue a pedirle la autorización a su madre, que la otorgó, no sin muchas lágrimas y hondo desgarrón materno, pero con toda la entereza de su fe. Los paisanos, complacidos, le costearon el modesto equipo necesario, pues la pobreza familiar no daba para ello.

En 1914 entró en el seminario menor franciscano de Belmonte (Cuenca). Cursadas las humanidades, tomó el hábito franciscano en Pastrana (Guadalajara) el 2 de agosto de 1917. Profesó de votos temporales en Arenas de San Pedro (Ávila) el 4 de agosto de 1918. Cursó la filosofía en Pastrana y la teología en Consuegra (Toledo). El 29 de julio de 1923 hizo su profesión solemne. El 6 de junio de 1925 fue ordenado de sacerdote.

Once años el ministerio sacerdotal del P. Víctor. Once años de apostolado intenso y entusiasta y de disponibilidad absoluta a la obediencia. Once años que evidenciaron que era un hombre apasionado por Dios y por su Reino, signo y cauce vivo de su bondad para con los hombres. Nada le arredró si lo pedía el bien del prójimo y la gloria del Señor. Nunca puso reparos a lo que los superiores le pidieron, conociendo su virtud y su espíritu siempre pronto a trabajar en lo que fuese necesario y que otros no eran capaces de hacer o lo rehusaban. De ahí sus continuos traslados.

Empezó su actividad en la casa de noviciado de Arenas de San Pedro. Al año fue enviado como profesor al seminario de Alcázar de San Juan (Ciudad Real). A los pocos meses, fue trasladado al de La Puebla de Montalbán (Toledo) como profesor y maestro de disciplina. De nuevo en 1927 volvió al seminario de Alcázar. Pasó el curso siguiente en el convento de San Antonio, de Madrid. Retornó un curso más a Alcázar y fue enviado en 1930 al seminario mayor de Pastrana. En todos esos lugares dio clases de las materias más diversas. Contribuía a las veladas literarias, incluso componiendo poemas. Era director del coro y no dejaba el confesonario, la dirección espiritual y la predicación.

En 1931 fue destinado a Consuegra. De 1932 a 1935 residió en el convento de San Antonio en Madrid, donde actuó como director de la revista Cruzada Seráfica, de la catequesis y la juventud Antoniana, sumando a ello la predicación, la atención al confesonario y a los enfermos. Todo ese trabajo lo continuó en Almagro (Ciudad Real), para donde fue designado Guardián (Superior) a principios de 1935. En octubre de ese mismo año, el Capítulo le nombró Guardián y Rector del Convento-Teologado de Consuegra, donde permaneció hasta su muerte por Cristo, sufrida con otros 19 hermanos de su comunidad el 16 de agosto de 1936 en Fuente el Fresno (Ciudad Real). Como guardián del convento-teologado, se hizo servidor de todos y se ganó el aprecio de ellos por su virtud. No llevaba un mes en el cargo y ya dirigió los ejercicios espirituales a su comunidad. Uno de los seminaristas, escribió a un paisano suyo: «Nos ha venido un santo varón como superior».

Mucha era su actividad, como si los días tuviesen para él más de veinticuatro horas. Pero más importante aún era su santidad de vida. Ésa era su predicación, dice un testigo. La virtud del P. Chumillas era advertida y reconocida por todos. Nadie pone una sombra en ella. Para los seminaristas era el ideal de franciscano que, en su entusiasmo infantil y juvenil, deseaban llegar a ser. Su carácter era sencillo, alegre, optimista. Contagiaba la bondad y la paz que respiraba toda su persona. Siempre fue hombre de oración en medio de su gran actividad. Su espíritu de sacrificio y pobreza eran evidentes. La prudencia, humildad, servicialidad y dulzura en el trato saturaban su proceder. Ya sacerdote, ejerció el apostolado por todos los medios a su alcance: la acción, la palabra, la pluma. Su labor de profesor no le impidió el ejercicio intenso del ministerio sacerdotal: atención al culto, a la predicación, al confesonario, a la dirección espiritual, a la dirección de asociaciones religiosas, a los enfermos y a la catequesis infantil, en la que derrochaba entusiasmo, simpatía e inventiva. Siendo de cualidades intelectuales comunes, superó a todos su compañeros en creatividad y laboriosidad apostólica, cosa posible cuando Dios se adueña totalmente de un alma. La fortaleza de su fe hacía al P. Víctor incansable e inaccesible al desaliento. Todo lo encomendaba a Dios. A mayor dificultad, mayor fe mostraba en él. Y en las dificultades decía: «Todo el trabajo que se hace por Dios y para Dios triunfa siempre, aunque parezca difícil».

Su labor como publicista fue también intensa en las revistas Cruzada Seráfica y Hogar Antoniano: 142 artículos y 40 poemas En los artículos supo iluminar la realidad de la sociedad española con la luz del Evangelio. Eran verdaderas catequesis de adultos y de niños, apropiadas a la España republicana. En sus escritos muestra su amor a la patria, una gran pasión por la Iglesia y por las verdades de la fe, así como una fe firme en Dios, una disposición total para el martirio y el amor a todos, incluso a los que perseguían la religión. Basten estos textos:

«Tanta sangre inocente y mártir de la Madre Patria derramada ahora tan en abundancia, ¿no había de clamar al cielo el perdón de nuestras ofensas y pedir a voces la divina protección? Creemos que sí».

«¡Pensamientos de paz! ¡Qué falta hacen ya en el corazón cristiano! Basta de guerra, basta de injurias, basta de calumnias, basta de crímenes, basta de persecuciones. ¡Pensamientos de paz!»

«Amor en las palabras, amor en las obras, amor en los pensamientos. Amor a Dios hasta el sacrificio de nuestra propia vida; amor al prójimo hasta dar la propia existencia. Nadie tendrá mayor caridad que el que diere la vida por su prójimo».

«Verdad es que ahora tiene Jesucristo más enemigos que nunca; pero por eso mismo está ya más cercano su reino. Lejos de pensar que el Sagrado Corazón no reina ahora en nuestro suelo patrio, hemos de persuadirnos a que ahora como nunca, y cuando aumente la osadía de los malos y arrecie la persecución y la sangre inocente de muchos mártires riegue la tierra hispana, creedme, entonces es cuando el Corazón de Jesús ha implantado plenamente su dominación. ¿Qué reinado más fecundo, qué corona más brillante y gloriosa que la cuajada de preciosas vidas inmoladas por defender la causa de Cristo Rey?»

«A lo mejor te has creído que quiero la eterna condenación de los que nos gobiernan, porque te voy poniendo esos reparillos. Al contrario: todos los días pido a Dios que les dé tiempo de arrepentirse y enmendarse, ofreciéndole mi vida por este fin y motivo. Mi mayor alegría sería derramar mi sangre por Aquel que por mí la derramó en la cruz, si así fuere servido».

¡Una vida santa, que Dios coronó con el martirio! Dios dio a la comunidad franciscana de Consuegra, elegida para el martirio, el pastor que necesitaba en ese momento, un pastor según su corazón, en quien se encarnaba el Buen Pastor y que, como él, supo confirmar a sus hermanos, dar la vida, y caminar delante de ellos espiritual y materialmente en el momento de la inmolación. ¡Una figura que cautiva, fascina y arrastra! ¡Un ejemplo radiante y vigoroso para sacerdotes y cristianos de aquellos y de estos tiempos recios para la fe cristiana!

P. ÁNGEL HERNÁNDEZ-RANERA

Ángel Hernández-Ranera de Diego nació en Pastrana (Guadalajara) el 1 de octubre de 1877. Sus padres, Félix y Manuela, labradores humildes y muy cristianos, le bautizaron al día siguiente. Ángel, de genio vivo, piadoso, acólito-sacristán de las concepcionistas franciscanas de su pueblo, del que había entonces más de quince franciscanos, sintió nacerle la vocación en el trato con ellos y, estudiados los años de Humanidades (Latinidad) en el convento de la localidad, tomó el hábito franciscano en el mismo el 29 de octubre de 1892, y en él profesó al año. Cursó sus estudios filosóficos y teológicos en los conventos de Pastrana, La Puebla de Montalbán (Toledo) y Consuegra (Toledo), donde emitió su profesión solemne el 5 de junio de 1897, y en Almagro. Fue ordenado sacerdote en Ciudad Real el 9 de junio de 1900.

En Almagro inició su actividad sacerdotal, que continuó en Almansa (Albacete). En 1906 salió para las misiones de Filipinas. Allí trabajó en la isla de Samar como párroco de Allen (1909-1919), de Catubig (1919-1924) y de Laoang (1924-1929). Fue también coadjutor interino de otras parroquias.

Regresado a España en 1929, residió tres años en Alcázar de San Juan (Ciudad Real) como vicario y profesor del seminario, y tres en Quintanar de la Orden (Toledo) como vicario, discreto y maestro de hermanos no clérigos. Con los mismos cargos fue destinado a Consuegra en 1935. Fue el confesor de ese seminario.

Sus feligreses filipinos le recuerdan como sacerdote piadoso y diligente en su ministerio, generoso y caritativo, querido por el pueblo y respetado por las autoridades. En las parroquias que regentó, fundó una escuela parroquial, organizó la Orden Franciscana Seglar, las cofradías, un coro y una banda de música, reedificó dos de las iglesias y levantó una torre en otra de ellas. Sus alumnos del seminario menor de Alcázar le querían por su sencillez y ternura paternal, que no castigaba. Los estudiantes de teología le recibieron en 1935 como modelo de futuros sacerdotes.

En el año escaso que vivió en Consuegra, ejerció el apostolado en la iglesia y en las capellanías de la comunidad, con asiduidad al confesonario. Entre los seglares y los propios religiosos, tenía fama de piadoso y recogido; entre sus hermanos de hábito no se oían quejas contra él. La vida del P. Ángel Ranera, entregada por entero al Señor, tuvo una digna culminación en el martirio, que repetidas veces manifestó desear y que tuvo lugar en Fuente el Fresno el 16 de agosto de 1936.

P. DOMINGO ALONSO

Domingo Alonso de Frutos fue uno de los diez hijos de Pedro y Fernanda, nacido en Navares de Ayuso (Segovia) el 12 de mayo de 1900. Sus padres, labradores pobres que hubieron de emigrar a la capital, ricos en religiosidad, cultivaron cuidadosamente en todos su hijos la fe que les transmitieron. La afición de Domingo no fue el campo, sino el estudio y la iglesia. Al ver su devoción como acólito de la parroquia, el magistral de Segovia le invitó a hacerse sacerdote y religioso. Su decisión de hacerse fraile se impuso a la disuasión de los mayores.

En 1912, Domingo ingresaba en el recién creado seminario menor franciscano de Belmonte (Cuenca). El 22 de julio de 1915 tomaba el hábito en el convento de Pastrana (Guadalajara). El 23 de julio del año siguiente hizo su profesión temporal en la Orden franciscana. Continuó sus estudios sacerdotales en los conventos de La Puebla de Montalbán (Toledo), Pastrana, en donde hizo su profesión solemne el 22 de mayo de 1921, y Consuegra (Toledo). Los dos últimos cursos de teología los estudió en la universidad de Santo Tomás, de Manila, en la cual se licenció y doctoró en teología. El 18 de mayo de 1924 fue ordenado sacerdote en Calbayog (Samar, Filipinas).

Terminados los estudios, fue destinado al teologado de su provincia religiosa, como profesor de teología dogmática. Por dos años fue también maestro de disciplina. Ejerció la docencia en Consuegra, en Quincy (Illinois, USA), en donde estuvo el teologado franciscano de Castilla de 1931 a 1933, y de nuevo en Consuegra hasta su muerte. Fue también definidor provincial y prefecto de estudios. Su labor docente la simultaneó con el apostolado sacerdotal como confesor, director de la catequesis y asociaciones antonianas y, especialmente, como predicador, para lo que tenía buenas cualidades.

Era sencillo, prudente, austero, bastante callado, no jactancioso, muy trabajador y cumplidor de sus deberes, sin que por ello se dispensase de la oración comunitaria. Bien preparado y dotado intelectualmente, desempeñaba con competencia su tarea de profesor, si bien la debilidad de su carácter hizo que su labor como maestro de disciplina no fuese siempre acertada en las situaciones conflictivas del teologado. En la revista Cruzada Seráfica publicó bastantes artículos, la mayoría de ellos sobre la misericordia de Dios y la contrición en los sacramentos.

Estuvo siempre dispuesto al martirio. Cuando los milicianos le dijeron que se bajase del camión que los llevaba a la muerte, pues no estaba en la lista (se cree que por influjo de un amigo suyo de izquierdas), contestó: «Domingo no se baja, que Domingo irá donde vayan sus hermanos». Y con 19 de ellos fue inmolado en Fuente el Fresno el 16 de agosto de 1936.

P. MARTÍN LOZANO

Martín Lozano Tello nació en Corral de Almaguer (Toledo) el 19 de septiembre de 1900. Sus padres, Román y Carmen, aun siendo pobres, sabían atender a los necesitados. El padre, ciego, se hacía conducir por Martín, el cual perdió a sus progenitores cuando contaba ocho y diez años. Desde pequeño se sintió atraído por el estado religioso.

Ingresó en el seminario menor franciscano de Belmonte (Cuenca) en 1913. Tomó el hábito franciscano en Pastrana (Guadalajara) el 14 de julio de 1916 y emitió su profesión temporal en la misma fecha del año 1917. En dicho convento cursó la filosofía y el primer año de teología, y profesó de votos solemnes el 4 de octubre de 1921. Los otros tres años de teología los cursó en Consuegra (Toledo). Fue ordenado sacerdote el 6 de junio de 1925.

De 1925 a 1929 se licenció en Sagrada Escritura en Roma y Jerusalén. Acabados sus estudios, empezó su labor en el teologado franciscano de Consuegra como profesor y maestro de disciplina. En el cargo de maestro permaneció un año; en el de profesor, hasta su muerte: dos años en Consuegra, de 1931 a 1933 en Quincy (Illinois, USA), donde había sido trasladado el teologado, y de nuevo en Consuegra de 1933 a 1936.

De natural era bien dotado intelectualmente, introvertido, emotivo, tímido y débil de carácter para afrontar los problemas del estudiantado, lo cual le llevó a renunciar al cargo de maestro de estudiantes de teología. Era amante del estudio, cumplidor de sus deberes, piadoso, sencillo, no dado a disputas ni críticas, prudente, indulgente en las calificaciones, y sabía encajar los desaires que recibía. A quien le propuso que dejase la Orden y pusiese una escuela de su pueblo, contestó que «estaba al servicio de Dios y de sus superiores y que era franciscano, y franciscano había de morir».

Su trabajo principal fue la docencia de materias bíblicas y teológicas. No descuidaba la predicación dominical, sencilla, ni el confesonario, en el cual se mostraba prudente, paciente y caritativo. Escribió también en Cruzada Seráfica algunos artículos bajo el título de Página Bíblica, los cuales le muestran como hombre de vida interior, que sabía poner su ser y su indigencia en la presencia del Señor.

A pesar de su timidez, estaba dispuesto al martirio. Días antes de la guerra civil, le dijo una persona: «¿Cómo anda usted por la calle vestido de hábito? Le van a matar». Y él contestó: «Tengo la mortaja puesta. Cuando gusten, pueden hacer de nosotros lo que quieran». Fue asesinado con parte de su comunidad en Fuente el Fresno (Ciudad Real) el 16 de agosto de 1936.

P. JULIÁN NAVÍO

Julián Navío Colado nació el 12 de agosto de 1904 en Mazarete (Guadalajara). Sus padres, Pedro y Lorenza, molineros y panaderos, educaron a sus ocho hijos en la fe con la práctica de la religión, el rezo y las lecturas piadosas en familia. Julián era inclinado a lo religioso y gustaba de leer a solas más que jugar con los coetáneos.

Ingresó en el seminario menor franciscano de Belmonte (Cuenca) en 1915. Tomó el hábito franciscano en Arenas de San Pedro (Ávila) el 18 de septiembre de 1919. Profesó de votos temporales el 19 de septiembre de 1920. Estudió la filosofía y el primer curso de teología en Pastrana (Guadalajara). Los tres restantes de teología, en Consuegra (Toledo), donde emitió sus votos solemnes el 15 de agosto de 1925. Fue ordenado sacerdote el 11 de junio de 1927.

En los tres años siguientes cursó en Roma la licenciatura en Historia de la Iglesia. Su labor como profesor de esta materia y de Historia de la Orden y de su Provincia religiosa la desarrolló en Pastrana de 1930 a 1932, en Quincy (Illinois, USA) de 1932 a 1933, y en Consuegra de 1933 a 1936. En los cursos 1932-1934 fue también maestro de disciplina en el teologado de la Provincia de Castilla. Este fue casi el único apostolado que desarrolló.

A sus buenas cualidades intelectuales unía la pasión por el estudio. De natural propenso a la soledad, serio y sencillo, era parco en palabras, aunque afable. Era firme en sus criterios y ponderado en sus juicios. No alardeaba de sus cualidades, quería pasar desapercibido. No pecó de negligencia en los oficios que tuvo que desempeñar; austero y abnegado, dio pruebas de gran fortaleza en su oficio de maestro de disciplina en un ambiente cargado de tensiones, sin dejar traslucir turbación por las dificultades, críticas y burlas. Se mostró atento y disponible para los estudiantes, recto y comprensivo, aunque firme. Con uno de ellos, que sufrió hospitalización larga, tuvo tanta atención y cuidado, que el interesado le atribuye el haber recuperado la salud física y psíquica.

También el P. Navío recibió propuestas de dejar el hábito y de hacer carrera en el siglo, pero se mantuvo firme en su vocación. Persona reflexiva, expresó sus convicciones y vivencias íntimas en dos libros de poemas escritos en los años de filosofía y teología previos al sacerdocio.

Ejemplar en todo, cumplía sus deberes sin darle importancia. Como profesor y formador era apreciado por todos y considerado como el profesor ideal por su preparación de las clases y el desarrollo de las mismas. Escribió algunos artículos en la revista Cruzada Seráfica, en los cuales muestra su fe en que la Iglesia superaría la persecución que padecía entonces en España como había superado las de siglos pasados. El P. Navío fue asesinado con 19 hermanos de hábito el 16 de agosto de 1936 en Fuente el Fresno (Ciudad Real).

P. BENIGNO PRIETO

Benigno Prieto del Pozo nació en Salce (León) el 15 de noviembre de 1906. La condición económica de la familia era modesta, pero grande su religiosidad, especialmente la del padre, labrador y aserrador-carpintero, que asistía diariamente a misa. Benigno pasó su infancia alternando la escuela con el cuidado del ganado familiar. Era aplicado, fervoroso, le gustaba dar limosna y reprendía a los que hablaban mal.

Sobre la base de su inclinación religiosa, su vocación fue fruto de la educación cristiana del hogar, de las cartas de una tía suya, religiosa, y del ejemplo de un hermano suyo, que ingresó en el seminario franciscano de Belmonte (Cuenca). Al año siguiente, 1918, Benigno se le unía y cursó el primero de humanidades en dicho seminario; los tres restantes, en el de Alcázar de San Juan (Ciudad Real). Tomó el hábito franciscano el 7 de abril de 1922 en el convento de Arenas de San Pedro (Ávila), en donde hizo su profesión temporal el 8 de abril de 1923. Cursó los tres años de filosofía en el convento de Pastrana (Guadalajara), aunque hubo de interrumpirlos un tiempo por una enfermedad de la que nunca curó del todo. Los cuatro cursos de teología los estudió en el convento de Consuegra (Toledo), en donde emitió su profesión solemne el 26 de noviembre de 1927. El 20 de diciembre de 1930 fue ordenado sacerdote.

De 1931 a 1934 fue profesor de estudiantes profesos en Pastrana, impartiendo diversas materias de humanidades y filosofía. Por un tiempo, fue asistente de la Orden Franciscana Seglar. Colaboró en la revista Cruzada Seráfica con varios artículos sobre la doctrina social de la Iglesia. Desde 1934 hasta su muerte fue profesor y maestro de disciplina del teologado de Consuegra. En ese cargo tuvo que soportar burlas y faltas de respeto de algunos de los estudiantes, que no aceptaban la corrección, a lo que supo sobreponerse y encontrar remedio.

Sus cualidades intelectuales y su aplicación al estudio le hacían obtener buenas calificaciones. Era austero, piadoso y prudente, enemigo de murmuraciones y partidismos, de admirable paciencia en la enfermedad de fístula tuberculosa que padeció los trece últimos años de su vida. Como profesor y educador, dio ejemplo de entrega al trabajo, de equidad en el trato y en las calificaciones y de interés por el bien espiritual de los seminaristas, a los que sabía alentar y estimular. Aunque su labor educativa no le dejó mucho tiempo para el apostolado sacerdotal, no descuidó la predicación y fue asiduo al confesonario. Era acertado en aconsejar, sabía infundir paz e inculcaba mucho el respeto y amor al prójimo y el vivir de cara a la eternidad.

En los días de prisión dejó bien impreso en los testigos su espíritu de prudencia, de oración, de fortaleza y su solicitud por sus discípulos. Fue asesinado en Fuente el Fresno (Ciudad Real) con 19 hermanos de comunidad el 16 de agosto de 1936.

Fr. MARCELINO OVEJERO

Marcelino Ovejero Gómez nació en Becedas (Ávila) el 13 de febrero de 1913. Sus padres, de condición humilde, fueron Pablo y Cristina, que acogieron bien la decisión de Marcelino de entrar en la vida religiosa. Su vocación nació de su piedad y de los consejos de una religiosa de la Divina Pastora del colegio de Becedas.

Ingresó el año 1925 en el seminario franciscano de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), donde cursó dos años de humanidades; el tercero lo hizo en el de La Puebla de Montalbán (Toledo). Vistió el hábito franciscano el 25 de agosto de 1928 en Arenas de San Pedro (Ávila), en donde profesó de votos temporales el 26 de agosto de 1929. No llegó a emitir la profesión solemne ni recibió órdenes sagradas por estar sujeto al servicio militar, según las leyes de la Segunda República española. Cursó el trienio filosófico en Pastrana (Guadalajara), el primer curso de teología en Alcázar de San Juan y los tres restantes en Consuegra (Toledo), todo ello entre 1929 y 1936, año en que sufrió el martirio con parte de su comunidad en Fuente el Fresno el 16 de agosto.

Fr. Marcelino poseía un alma infantil y conservó hasta el final toda su candidez. Algo tímido, bondadoso y sencillo, era querido por todos sus compañeros. Con cualidades corrientes, obtenía buenas calificaciones, dada su aplicación. Siempre se mostró piadoso, cumplidor del deber y respetuoso con los superiores y educadores. Sabía sobrellevar las contrariedades.

Aunque en general por su carácter se dejaba llevar, no fue así cuando, a causa de la situación creada por la implantación de la República de 1931 en España, en el seminario de Pastrana se produjeron descontentos, rebeldías y defecciones. Fr. Marcelino se mantuvo firme en los compromisos de su vocación y a pesar de que, tras la quema de conventos, sus familiares quisieron llevárselo al pueblo, se negó a salir del convento, dando pruebas del amor a su vocación y de estar dispuesto al martirio.

Fr. JOSÉ DE VEGA

José de Vega Pedraza nació en Dos Barrios (Toledo) el 30 de agosto de 1913. La madre, María de las Candelas, ofrecería a Dios el quintuple sacrificio de la inmolación por la fe de su marido, Matías, y sus cuatro hijos varones, y la consagración religiosa de su hija, clarisa. En aquel hogar se vivía la fe y se rezumaba la caridad. José dio muestras llamativas de piedad desde pequeño. Fue acólito de la parroquia. A su madre y al párroco que le sorprendió varias veces orando a solas en la iglesia, manifestó que pedía para sus familiares la santidad y para él el martirio. Apóstol en ciernes, exhortaba a la piedad a los compañeros y recompuso la paz de un matrimonio.

Venciendo la resistencia del padre, que le necesitaba para el trabajo, entró en el seminario franciscano de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) en 1926. Estudiados en él dos años de humanidades y el tercero en La Puebla de Montalbán (Toledo), empezó el noviciado con la toma de hábito el 20 de mayo de 1929 en Arenas de San Pedro (Ávila), en donde hizo la profesión temporal el 21 de mayo de 1930. En el seminario menor y en el noviciado seguía pidiendo como gracia el martirio. En los cursos 1930-1933 completó los estudios humanísticos y cursó la filosofía en Pastrana (Guadalajara). De 1933 a 1936, aprobó los tres primeros años de teología en Consuegra (Toledo). En ese convento hizo su profesión solemne el 17 de agosto de 1935. En octubre y noviembre de ese mismo año recibió la tonsura y las órdenes menores y el 6 de junio de 1936 el subdiaconado, todo en Ciudad Real.

Sus dotes intelectuales eran corrientes, su aplicación buena y sus aficiones, la música y la poesía. En su carácter había cierta timidez, nerviosismo e inestabilidad, que le hacían pasar de épocas de intensa vivencia espiritual a comportamientos reprensibles. Tuvo en esto dos crisis, una en los años de filosofía y otra en el tercer curso de teología, en las que se sumó a los descontentos, pero aceptó la corrección y las superó, dando paso a una vida centrada en sus convicciones religiosas y en su ilusión por llegar a ser un buen director de almas o un educador de futuros sacerdotes, preparándose con entusiasmo. Obtuvo la gracia que había pedido: con 19 hermanos de hábito fue martirizado el 16 de agosto de 1936.

Fr. JOSÉ ÁLVAREZ

José Álvarez Rodríguez nació en Sorriba (León) el 14 de octubre de 1913. Sus padres, Vidal y Natividad, humildes agricultores, murieron jóvenes dejando cinco huérfanos. José y sus hermanas fueron acogidos por unos tíos suyos en Valle de las Casas (León). Los cinco se hicieron religiosos. José se mostraba piadoso y fue acólito en la parroquia de Valle.

En 1926 entró en el seminario menor franciscano de Alcázar de San Juan (Ciudad Real). En 1928 pasó al de La Puebla de Montalbán (Toledo) para cursar el tercero de humanidades. En el seminario menor se mostró formal, bien visto por compañeros y superiores. Tomó el hábito franciscano el 20 de mayo de 1929 en Arenas de San Pedro (Ávila). Terminado el año de noviciado, emitió su profesión temporal el 21 de mayo de 1930. Pasó a Pastrana (Guadalajara) y allí cursó el cuarto de humanidades y la filosofía. De 1933 a 1936 estudió los tres primeros años de teología en Consuegra (Toledo), en donde hizo la profesión solemne el 17 de agosto de 1935. Meses después, recibía la tonsura y las órdenes menores en Ciudad Real y, el 6 de junio de 1936, el subdiaconado, también en esa ciudad.

José Álvarez era persona bien dotada. Su aplicación, sin embargo, sufrió altibajos, que dejaban huella en las calificaciones. Colaboraba en los actos culturales del seminario y publicó algunos versos y trabajos teológicos y literarios en las revistas del mismo.

Su comportamiento sufrió un deterioro extraño. Bueno en el seminario menor, fervoroso en el noviciado y en el primer año de profeso, se vio afectado por la crisis del filosofado de Pastrana a raíz de los temores que suscitó en los jóvenes la República y la quema de conventos. Fray José recibió fuerte y justa corrección del maestro. A ello reaccionó con unos años de equilibrio, aplicación y buena conducta. Pero ese equilibrio volvió a quebrarse, y en el primer semestre del curso 1935-1936 fue el que más se señaló en el pequeño grupo de los que no aceptaban la vigilancia y corrección del maestro, llegando hasta la contestación y las burlas. El castigo fue severo. De nuevo supo encajarlo Fray José Álvarez, y en los meses que le quedaron de vida, se mostró ejemplar. La gracia trabajó en él disponiéndolo al martirio, que recibió el 16 de agosto de 1936 con la mayor parte de su comunidad.

Fr. SANTIAGO MATÉ

Santiago Maté Calzada nació en Cañizar de Argaño (Burgos) el 25 de julio de 1914. Sus padres, Mariano y Agripina, labradores humildes, supieron transmitir su espíritu cristiano a los hijos. El ambiente del pueblo, del que había ocho franciscanos, y el de la familia, que ya había dado un hijo a la Orden, hizo nacer su vocación franciscana.

Santiago ingresó en el seminario menor de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) en 1924 y cursó dos años de humanidades. Dividido el seminario por decisión de los superiores en 1926, pasó ese año a La Puebla de Montalbán (Toledo) y allí estudió los otros tres cursos humanísticos. Inició su noviciado con la vestición del hábito el 6 de septiembre de 1929 en Arenas de San Pedro (Ávila). Allí emitió su profesión temporal el 7 de septiembre de 1930. Tres años pasó en Pastrana (Guadalajara) cursando la filosofía, y otros tres en el convento de Consuegra (Toledo), en donde estudió los tres primeros cursos de teología. En ese convento hizo su profesión solemne el 17 de agosto de 1935. Ese año recibió la tonsura y las órdenes menores en Ciudad Real. Y en la misma ciudad, el subdiaconado el 6 de junio de 1936.

En sus años de vida religiosa, Santiago se mostró noble, sencillo, piadoso, de buen comportamiento y contento de su vocación, incluso cuando el ambiente antirreligioso de la nación provocó malestar en el seminario de Pastrana. En los estudios de humanidades encontró dificultad por su mala memoria, pero, a partir de la filosofía, su tenacidad y su inteligencia le hicieron ir destacando de día en día. Los compañeros admiraban su fuerza de voluntad para vencer su natural tímido y la maduración de su inteligencia y personalidad. Uno de ellos dice de él que «el progreso de la vida espiritual se hacía cada día más notorio... sin perder nunca la sencillez». Escribía en las revistas del seminario y se preparaba con ardor para ser un buen sacerdote y misionero. Sufrió el martirio junto con los anteriores el 16 de agosto de 1936.

Fr. ANDRÉS MAJADAS

Andrés Majadas Málaga, décimo de los once hijos de Galo y Regina, nació en Becedas (Ávila) el 2 de marzo de 1914. El pluriempleo del padre, alguacil, carpintero y sacristán, no le sacaba de la pobreza. La religiosidad de la familia era admirable. Andrés se mostraba enérgico, vivo de genio y de talento. A los siete años quedó huérfano de madre y pasó al hospicio de Ávila hasta meses antes de su ingreso en religión. Fueron años de cosecha vocacional en Becedas, debido a la labor de una religiosa de la Divina Pastora. Hasta diez o doce muchachos entraron en el seminario franciscano, entre ellos Fray Marcelino Ovejero, Celestino y Vicente, hermanos de Andrés.

Éste ingresó en el de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) en 1924. Dos años después pasaba al de La Puebla de Montalbán (Toledo), abierto entonces, para cursar tercero, cuarto y quinto de humanidades. El 20 de mayo de 1929 vestía el hábito franciscano en Arenas de San Pedro (Ávila), para profesar de votos temporales el 21 de mayo de 1930. En Pastrana (Guadalajara) cursó el trienio filosófico, y en Consuegra (Toledo) los tres primeros años de teología. Hizo su profesión perpetua en Consuegra el 17 de agosto de 1935, con sus condiscípulos, y con ellos recibió la tonsura, las órdenes menores ese mismo año y el subdiaconado el 6 de junio de 1936, todo ello en Ciudad Real.

Bien dotado intelectualmente, Andrés fue siempre aplicado, nunca ocioso, lector asiduo, que profundizaba los temas de estudio con otros libros. Su natural era áspero y nervioso, pero había logrado dominarlo, y en su trato era jovial y amable, no hacía ostentación de su talento y ayudaba a sus compañeros en los estudios. Él, que ejerció de enfermero con gran caridad, sufrió, ya de profeso, una grave enfermedad, que supo aceptar con entereza y serenidad. Persona de carácter y de convicciones, coherente con ellas, recto y piadoso, infundía respeto en sus condiscípulos y se preparaba con empeño para el ministerio sacerdotal. Escribió artículos de filosofía y teología y varios poemas en la revista del seminario. En estos últimos expresa sus sentimientos ante la persecución religiosa y su disposición para la cruz del martirio, que abrazó el 16 de agosto de 1936.

Fr. VICENTE MAJADAS

Vicente Majadas Málaga, hermano menor de Andrés, nació en Becedas el 27 de octubre de 1915. Desempeñó el oficio de acólito en la parroquia, se mostró inclinado a lo religioso y no fue un niño pendenciero. Huérfano de madre a edad temprana, recibió su formación desde párvulo en el colegio de las Franciscanas de la Divina Pastora, en Becedas, hasta ingresar en el seminario franciscano. El ambiente del pueblo y las cartas de sus hermanos Celestino y Andrés le animaron a ello.

Los estudios de humanidades los realizó de 1926 a 1930, dos años en el seminario de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) y dos en el de La Puebla de Montalbán (Toledo). Tomó el hábito franciscano el 12 de noviembre de 1930 en Arenas de San Pedro (Ávila), donde hizo su profesión temporal el 13 de noviembre de 1931. Cursó el trienio de filosofía, mientras completaba las humanidades, en Pastrana (Guadalajara) hasta 1934, y los dos primeros años de teología en Consuegra (Toledo), de 1934 a 1936. Por no tener la edad canónica, no llegó a emitir su profesión solemne. Murió por Cristo a los 20 años.

No destacó por sus cualidades y su aplicación al estudio. Su conducta fue buena en el seminario menor y en el noviciado. Después, se limitaba a cumplir en lo fundamental sin dar malos ejemplos, aunque no alcanzase el entusiasmo de sus compañeros. No todo eran sombras. Era espontáneo y sincero, sin doblez, no trataba de aparentar lo que no era. Amaba su vocación y contribuyó a que uno de sus coetáneos no dejara la Orden, y así llegase a alcanzar el martirio. Dios encontró en él madera digna de arder por su gloria con el fuego del martirio, que Fray Vicente, junto con su hermano Andrés y otros 18 franciscanos, recibió por la fe el 16 de agosto de 1936.

Fr. ALFONSO SÁNCHEZ

Alfonso Sánchez Hernández-Ranera nació en Lérida el 26 de enero de 1915. Sus padres, Andrés y Paula Ángela, eran de condición modesta: él, guardia urbano; la madre había sido religiosa y tuvo que dejar la Orden por enfermedad. Cuando Alfonso contaba cuatro años, la familia se trasladó a Guadalajara, provincia originaria de sus padres. Alfonso se manifestó en la escuela superdotado y diligente; con los compañeros, alegre, de gran corazón y con autoridad moral sobre ellos para impedir cualquier acción inconveniente. Inclinado a la religión, se hizo monaguillo en el convento de los franciscanos, donde pasaba la mayor parte del tiempo que no le ocupaba la escuela. El día que iba a entrar en el seminario, no cabía en sí de alegría.

Ingresó en el seminario menor franciscano de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) en 1926. Allí hizo dos años de humanidades. Los tres restantes, en La Puebla de Montalbán (Toledo), en dos años. Vistió el hábito franciscano el 1 de junio de 1930 en Arenas de San Pedro (Ávila). Profesó de votos temporales el 2 de junio de 1931. El trienio filosófico lo cursó en Pastrana (Guadalajara) de 1931 a 1934. En los dos años siguientes aprobó los dos primeros de teología en Consuegra (Toledo), en donde emitió su profesión solemne el 17 de mayo de 1936. El 6 y 7 de junio de ese año, recibió en Ciudad Real la tonsura y las cuatro órdenes menores.

Fray Alfonso era considerado por sus profesores y compañeros como el más completo de su curso: de alta capacidad intelectual y aplicación, el de las mejores calificaciones, cantor, organista, equilibrado en sus juicios y en su proceder, alegre y simpático, y con la humildad suficiente para no hacer ostentación de sus facultades y soportar burlas de otros menos dotados. Naturalmente, era admirado y querido por todos. Los compañeros le eligieron director de la revista del seminario. Los superiores le destinaron para cursar el bachillerato civil al tiempo que la teología. Su comportamiento no decayó en los momentos de crisis del seminario de filosofía. Vivía contento con su vocación. En carta escrita poco más de un mes antes de dar su vida por Cristo, habla de su profesión solemne como de «mi sacrificio de inmolación» y ve su ordenación como participación más íntima y directa en los misterios del Señor. Sufrió el martirio el 16 de agosto de 1936.

Fr. ANASTASIO GONZÁLEZ

Anastasio González Rodríguez nació en Villaute (Burgos) el 11 de octubre de 1914. Fue el décimo de los catorce hijos de José y Fructuosa, labradores, de condición humilde y destacadamente piadosos. Siendo de cualidades corrientes, Anastasio sobresalió en la escuela debido a su aplicación. Fue acólito en la parroquia del pueblo, en la que su padre era sacristán. El ambiente cristiano del pueblo y de la familia hizo nacer su vocación. Cuatro hermanas suyas se hicieron concepcionistas franciscanas y su hermano menor, Eutiquio, fue también franciscano.

Anastasio cursó en el seminario franciscano de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) los dos primeros años de humanidades desde 1925 a 1927; los otros tres, en el de La Puebla de Montalbán (Toledo) de 1927 a 1930. Empezó el año de noviciado el 1 de junio de 1930 en Arenas de San Pedro (Ávila). Emitió su profesión temporal el 2 de junio de 1931. En los cinco años restantes de su vida, cursó el trienio filosófico en Pastrana (Guadalajara) y los dos primeros años de teología en Consuegra (Toledo). No emitió la profesión solemne, ni recibió órdenes sagradas por estar sujeto al servicio militar. También había empezado el bachillerato civil.

No deslumbró por dotes o hechos excepcionales, pero no se puede llamar gris a una existencia como la suya, vivida en la bondad, sencillez y alegría, que unánimemente señalan los testigos como características de Fray Anastasio, y que constituían un natural excelente para encarnar el carisma de Francisco de Asís. Anastasio era apacible, simpático, siempre sonriente, obediente y muy aplicado, hasta estimular a otros y obtener buenas calificaciones. Escribía en la revista del seminario y colaboraba en los actos culturales del mismo. En las cartas a sus familiares se confesaba siempre contento de su vocación, sereno y animoso, animando a confiar en Dios ante los peligros que amenazaban a la Iglesia y a los religiosos en España, deseoso de profesar solemnemente y de alcanzar el sacerdocio, y conforme con la voluntad de Dios. Fue martirizado el 16 de agosto de 1936.

Fr. FÉLIX MAROTO

Félix Maroto Moreno nació en Gutierremuñoz (Ávila) el 30 de enero de 1915. Fue el menor de los seis hijos de Abundio y Juana, labradores humildes, pero de una religiosidad reconocida por todo el pueblo. En aquel hogar se rezaba diariamente y, a pesar de la propia pobreza, se daba mucha limosna. A Félix le gustaba hacerlo y destinaba a ello lo que le daban por ser acólito en la parroquia; lo fue desde muy pequeño, se sentía orgulloso de ello y lo hacía con fidelidad y respeto. Bien dotado y aplicado, descolló en la escuela. Dejó traslucir pronto su vocación, que la familia acogió con gozo como un honor.

De 1925 a 1930 estudió los cinco cursos de humanidades, los dos primeros en Alcázar de San Juan (Ciudad Real) y los tres restantes en La Puebla de Montalbán (Toledo). Tomó el hábito franciscano el 1 de junio de 1930 en Arenas de San Pedro (Ávila) y profesó de votos temporales en el mismo convento el 2 de junio de 1931. Cursó la filosofía en Pastrana (Guadalajara) de 1931 a 1934. En los dos años siguientes estudió los dos primeros cursos de teología en Consuegra (Toledo). Por estar sujeto al servicio militar, no pudo hacer su profesión solemne.

Félix era de carácter fuerte, pero con gran dominio de sí, equilibrado, generoso, decidido, prototipo del dinamismo y de la franqueza, de los mejor dotados de su curso y de una aplicación incansable. Todo esto no le llevaba a distanciarse de sus compañeros, que eran atraídos por su naturalidad sin presunción, su simpatía y entusiasmo: no solamente no despreciaba a los menos dotados, sino que les ayudaba. Uno de sus compañeros reconoce que, gracias a su estímulo, superó su complejo de inferioridad y no abandonó la Orden. Fue un tiempo director de la revista del seminario. Su trabajo le produjo frecuentes dolores de cabeza en sus años de teología, pero no disminuyó su laboriosidad y rendimiento. Se encontraba centrado y gozoso en su vocación. Decía a sus familiares que pidieran para él únicamente la perseverancia. Al decirle éstos que, si le mandaban a misiones, podía ser martirizado, repuso: «¡Qué más quisiera yo que dar mi sangre por Jesús!». La dio el 16 de agosto de 1936.

Fr. FEDERICO HERRERA

Federico Herrera Bermejo nació en Almagro (Ciudad Real) el 21 de febrero de 1915. Sus padres, Víctor, picapedrero, y Dolores, eran de condición socioeconómica modesta. Su amigo de infancia más íntimo nos dice que Federico era de corazón generoso y noble, de carácter afable, tímido y de sentimientos delicados. Era el primero en la escuela y fue visto con frecuencia orando a solas en la iglesia. La vocación le brotó de muchas fuentes: la religiosidad de la familia, el tener primos franciscanos y dominicos, el trato con los franciscanos, a cuya escuela asistía y en cuya iglesia era acólito, y el ejemplo de su hermano José.

Con él entró en el seminario de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) en 1925, y en él permaneció dos años. Completó las humanidades en La Puebla de Montalbán (Toledo) de 1927 a 1930. El 1 de junio de 1930 vistió el hábito franciscano en Arenas de San Pedro (Ávila), donde hizo su primera profesión el 2 de junio de 1931. Siguió su formación sacerdotal con el trienio filosófico en Pastrana (Guadalajara) y con los dos primeros cursos de teología en Consuegra (Toledo), ya en 1934-1936.

Sus compañeros le califican como personalidad de relieve, afable, con don de gentes, como el más dotado en inteligencia y memoria, sin presumir de ello. Ejemplar y el número uno en el seminario menor, siempre destacó en el latín y la música. Era el organista principal del seminario.

En el seminario mayor se dedicó con ardor a esas aficiones con perjuicio de los estudios institucionales, aunque siguió obteniendo calificaciones muy altas. Su comportamiento se resintió y sufrió altibajos en sus años de profeso. En su segundo -y último- año de teología hizo causa común con el grupito que no aceptaba la actuación, recta y exigente, del maestro de disciplina, pero admitió la corrección y enmendó esa desviación pasajera, que no hizo vacilar su vocación. Los superiores no dudaron en admitirlo a la profesión solemne el 17 de mayo de 1936 y a la tonsura y órdenes menores, recibidas el 6 y 7 de junio de 1936 en Ciudad Real. En carta a sus familiares, Federico se declaraba gozoso de haber dado el paso de su consagración definitiva a Dios e ilusionado con el sacerdocio ya cercano. Junto con 19 hermanos de hábito sufrió la muerte por Cristo en Fuente el Fresno el 16 de agosto de 1936.

Fr. ANTONIO RODRIGO

Antonio Rodrigo Antón nació en Velamazán (Soria) el 8 de junio de 1913. Sus padres, Lorenzo y Julia, eran labradores de condición desahogada. Antonio fue siempre piadoso y pacífico. De los 12 a los 15 años hizo de pastor con el ganado familiar. El trabajo le permitía leer libros religiosos. En el Año Cristiano dejó anotados sus pensamientos espirituales. En el hogar se respiraba piedad. Tres hermanos de la madre eran sacerdotes. Antonio y dos de sus hermanos entraron en la Orden franciscana. Esa decisión obligó al padre a vender el ganado por no poderlo atender.

Antonio ingresó en el seminario franciscano de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) en 1928. En 1929 pasó al de La Puebla de Montalbán (Toledo). Inició su noviciado vistiendo el hábito franciscano en Arenas de San Pedro (Ávila) el 1 de septiembre de 1930. Hizo su profesión temporal el 2 de septiembre de 1931. Cursó la filosofía en Pastrana (Guadalajara) de 1931 a 1934. Desde ese año a julio de 1936 estudió los dos primeros cursos de teología en Consuegra (Toledo). No pudo hacer su profesión solemne ni recibir órdenes sagradas por estar sujeto al servicio militar.

Era Antonio de cualidades intelectuales comunes, pero muy aplicado. Sus calificaciones en estudios y conducta eran buenas. Optimista, idealista, un tanto falto de realismo, comunicativo, servicial y entusiasta, no perdió su entusiasmo a pesar de la situación de España en 1936. Lo que más fuerza tenía en él era el ideal misionero, que llevaba desde niño, y era una pasión absorbente, que centraba sus energías y le hacía prepararse sin ahorrar esfuerzos para llegar a ser un perfecto misionero. Con ese ideal aunaba una gran vida interior. Amaba la soledad y era asiduo lector de la Biblia. Escribió algún trabajo sobre la mística franciscana. Empieza la mayoría de sus cartas con la invocación del Espíritu Santo. En ellas, habla a sus familiares de la vida cristiana, pero principalmente de la vocación y vida religiosa. Habla también de los ataques a la religión en España y de la aceptación del martirio como la mayor gloria de la Iglesia y como una dicha. La alcanzó dando su vida por Cristo el 16 de agosto de 1936.

Fr. SATURNINO RÍO

Saturnino Río Rojo nació en Mansilla (Burgos) el 16 de febrero de 1915. Fue uno de los once hijos de Marcelino y Eladia, labradores de humilde condición, cristianos fervorosos y señalados por la acogida dada a pobres y transeúntes. Saturnino era retraído, le repugnaban las peleas entre coetáneos, suplía con la aplicación lo que le faltaba de cualidades naturales y se distinguía por el deseo de estar en la iglesia y realizar prácticas piadosas. Desde pequeño decía que quería hacerse religioso para ser santo. Tenía dos hermanas que eran Hijas de la Caridad y dos primos franciscanos.

Esto le movió a entrar en el seminario de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) en 1926. A los dos años, pasó al de La Puebla de Montalbán (Toledo), donde terminó el cuarto de humanidades. El 1 de septiembre de 1930 tomó el hábito franciscano en Arenas de San Pedro (Ávila). Durante el noviciado se le declaró una enfermedad de estómago que le duró varios años y que le hizo temer por su profesión temporal, pero pudo realizarla el 2 de septiembre de 1931. Cursó el trienio filosófico en Pastrana (Guadalajara) y los dos primeros años de teología en Consuegra (Toledo) entre 1931 y 1936. En ese último convento hizo su profesión solemne el 17 de mayo de 1936. El 6 y 7 de junio de ese año recibió las órdenes menores en Ciudad Real.

En sus diez años de vida franciscana no disminuyó su entusiasmo por la vocación y su esfuerzo por la propia formación, de modo que obtenía buenas calificaciones en los estudios. Su timidez no le hacía raro en su comportamiento, ni apocado ente las dificultades. Su enfermedad de estómago no le quitó la serenidad ni el humor. Muy sencillo, franco, influenciable, amable y respetuoso con todos, era notoriamente piadoso. No prometía ser un talento, pero sí un franciscano celoso del bien de las almas y un modelo de santa simplicidad. Un encanto de sencillez, de piedad y devoción son sus cartas, en las que se manifiesta contentísimo de su vocación y dispuesto al martirio. En el momento supremo de su inmolación y la de sus 19 hermanos el 16 de agosto de 1936, Fr. Saturnino fue quien oró con este grito de fortaleza: «¡Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen!».

Fr. RAMÓN TEJADO

Ramón Tejado Librado nació en Alcázar de San Juan (Ciudad Real) el 3 de mayo de 1915. Sus padres, Natalio y Joaquina, eran labradores muy pobres, pero que no se eximían de socorrer a los necesitados. La madre era muy piadosa, no así el padre y un hermano. Ramón oró mucho por ellos. Cambiaron y murieron por la fe. No descolló Ramón en la escuela, pero sí en la piedad. Fue acólito y cantor en su parroquia. Frecuentaba el convento franciscano de su pueblo y se entusiasmaba con los mártires del Japón. Su padre no quería darle la autorización para ingresar en los franciscanos; Ramón, tímido, no lo fue en esto y se presentó en el seminario de su pueblo en agosto de 1926. Un religioso lo devolvió a su casa. Obtenida la licencia paterna, entró en el seminario.

Cursó en Alcázar dos años de humanidades y otros dos en La Puebla de Montalbán (Toledo). Vistió el hábito franciscano el 1 de septiembre de 1930 en Arenas de San Pedro (Ávila). En mayo de 1931, tras la quema de conventos, su padre le sacó del noviciado, pero la insistencia de Ramón logró que a los quince días lo llevase de nuevo. Profesó de votos temporales el 2 de septiembre de 1931. Por tres años cursó la filosofía en Pastrana (Guadalajara). De 1934 a 1936 estudió dos años de teología en Consuegra (Toledo). No llegó a emitir la profesión solemne por estar sujeto al servicio militar.

Ramón Tejado no era brillante en los estudios, pero poseía una buena voluntad admirable para lograr lo que podía. Resaltaba su piedad, su sencillez, su docilidad y su humildad para reconocer y alabar las cualidades de sus compañeros. Era aficionado a la música, para la que tenía aptitudes, y a la literatura. Escribió algunos sencillos poemas de temas religiosos, por donde rezumaba su fervor y su entusiasmo por la vocación. Este entusiasmo quedó patente en sus cartas y en sus hechos. Además de lo dicho al hablar del noviciado, en julio de 1936 sus familiares quisieron ponerle a salvo llevándoselo a su casa o a la de unos amigos, pero él lo rechazó diciendo que quería correr la misma suerte que sus hermanos de religión y que estaba dispuesto a morir por Cristo, como así lo hizo el 16 de agosto de ese mismo año.

Fr. VALENTÍN DÍEZ

Valentín Díez Serna nació en Tablada de Villadiego (Burgos) el 11 de noviembre de 1915. Sus padres, Antonio y María, modestos agricultores, hicieron también de maestros y catequistas de sus diez hijos, pues en el pueblo no residía el sacerdote, ni hubo escuela hasta 1925. Hasta ese año, los niños tenían que desplazarse a la de Villalbilla, a dos kilómetros. Valentín, muy capaz y estudioso, era el primero de la clase; además, era compañero de buen carácter, caritativo con los pobres y diligente en las prácticas religiosas. El ambiente del hogar y el contacto con religiosos de los pueblos vecinos o sus familiares hizo nacer su vocación. Cuando los padres de Fray Anastasio, también martirizado luego con Valentín, le hablaron de la vida que su hijo llevaba en el seminario franciscano, Valentín se decidió a entrar en él.

Lo hizo en el de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) en septiembre de 1926. En éste y en el de La Puebla de Montalbán (Toledo) cursó cuatro años de humanidades. Cumplidos los 15 años requeridos, tomó el hábito el 12 de noviembre de 1930 en Arenas de San Pedro (Ávila), donde hizo su profesión temporal el 13 de noviembre de 1931, pasando entonces a Pastrana (Guadalajara) para cursar la filosofía durante tres años. De 1934 hasta su muerte hizo los dos primeros cursos de teología en Consuegra (Toledo). No llegó a hacer su profesión solemne por no tener la edad canónica de 21 años, pero sí recibió la tonsura y las órdenes menores en junio de 1936 en Ciudad Real con otros condiscípulos.

Valentín era persona serena, muy equilibrado, más amante del estudio, de la meditación y soledad, que del bullicio, pero sin ser misántropo, al contrario, alegre, sonriente, de una simpatía natural y corrección en el trato que atraía a todos. No cedía a la ira ni al sarcasmo, sino que comunicaba optimismo. Sin caer en la frivolidad, sabía divertir a sus hermanos en los recreos, y aún encontraba tiempo en éstos para orar ante el Santísimo. A todo ello unía una gran capacidad y no menor dedicación al estudio. Escribió algunos artículos y un poema en la revista del seminario. Ya en el seminario menor figuró en el cuadro de honor. Sus condiscípulos le veían como modelo y percibían en él «un aire de santo». A pesar de la muerte de su madre, de las dificultades de los estudios y convivencia y de los dolores habituales de cabeza en sus dos últimos años de vida, Fr. Valentín no perdió su paz ni su sonrisa. Llamaba la atención sin pretenderlo. Trabajaba calladamente con todas sus energías por su formación y por la virtud, movido por el ideal de llegar a ser un buen pastor de almas. Dio su vida por Cristo a los veinte años con otros 19 hermanos de comunidad en Fuente el Fresno (Ciudad Real) el 16 de agosto de 1936.

MÁRTIR DE LA COMUNIDAD DE PASTRANA

P. FÉLIX GÓMEZ-PINTO

El P. Félix Gómez-Pinto Piñero nació en La Torre de Esteban Hambrán (Toledo) el 18 de mayo de 1870. Fue el tercero de los cinco hijos de Deogracias y Práxedes, humildes agricultores. Excepto el mayor, todos se consagraron al Señor. Las dos hermanas fueron clarisas capuchinas y el menor murió siendo seminarista diocesano. La fe, el santo temor de Dios y la caridad con el prójimo eran lo primero en aquel hogar, en el que reinaba la armonía, la alegría y las buenas costumbres. La madre era terciaria franciscana.

Félix mostró desde niño vocación de franciscano y misionero. Cuando los franciscanos, que habían tenido convento en el pueblo, dieron en él una misión, pidió ser admitido entre ellos. El 12 de mayo de 1886 vistió el hábito franciscano en Pastrana (Guadalajara). Sobresalió en virtud durante el noviciado e hizo su profesión temporal el 14 de mayo de 1887. Estudió el trienio de filosofía en los conventos de Pastrana y de La Puebla, y emitió en este último su profesión solemne el 16 de mayo de 1890. Pasó entonces al convento de Consuegra para los estudios de teología. Allí cursó el primero, y los restantes en Belmonte (Cuenca). En esos años de su formación, mostró gran aplicación y virtud. En la inundación sucedida en Consuegra en 1891 fue el que más cadáveres rescató y llevó al cementerio cargados sobre sus hombros. En la marcha de protesta contra el Guardián iniciada por los jóvenes en Belmonte en 1894, Fr. Félix se sumó en un principio, pero se volvió desde las puertas del convento. Fue ordenado sacerdote el 9 de mayo de 1894.

Ese mismo año, en noviembre, su afán misionero se vio satisfecho al ser enviado a Filipinas con otros compañeros. Empezó a ejercer su ministerio como coadjutor en la isla de Polillo, de la que pasó a ser párroco y en la que le sorprendió la lucha de la independencia filipina. Entonces fue hecho prisionero con su coadjutor. Pasó casi dieciséis meses de prisión con grandes penalidades de hambre, marchas a pie con calor y lluvias, junto con otros religiosos, que, liberados el 19 de diciembre de 1899, fueron llevados a Manila. Cuando se normalizó la situación, reemprendió la actividad apostólica en la isla de Sámar. De octubre de 1913 a mayo de 1914 vivió en el convento del Santo Sepulcro, en Jerusalén. Volvió a España y fue destinado por tres años como vicario a la comunidad de Pastrana, sede del noviciado. En 1919 regresó a Filipinas y trabajó en varias parroquias de Sámar y en la de Bay (Laguna) hasta 1930. «No tenía más preocupación que hacer buenos cristianos a sus feligreses». Atendiendo a todo, cuidaba de modo especial la catequesis, la administración de sacramentos y la visita diaria a los enfermos. El tiempo que le quedaba libre, lo dedicaba a rezar y a estudiar.

Después de tres años en Manila, volvió a España en 1933. En 1934 fue destinado al convento de Pastrana, sede del seminario menor y del filosofado, donde vivió hasta su muerte. Esos dos últimos años realizó una gran misión entre sus hermanos, casi todos jóvenes. Era un testigo viviente, un modelo vivo, un testimonio acrisolado de lo que es una vida entregada por entero a la gloria de Dios y al bien espiritual del prójimo. A todos les cautivaba su piedad intensa, su sencillez y alegría en el trato con los más jóvenes, su buen corazón, el dominio de su temperamento apasionado, su prontitud en los actos comunes, su disposición para oír en confesión a cualquiera que se lo pidiese. Su atención a los enfermos era tan solícita que era considerado como el apóstol de los enfermos. El P. Pinto, personalidad singular y vigorosa, supo aunar las dos virtudes de la tradición franciscana alcantarina en la que fue educado: la piedad y la acción misionera.

Martirio.- Los frailes de la comunidad franciscana de Pastrana, en la que vivía el P. Félix en julio de 1936, tuvieron que abandonar el convento cuatro días después de comenzar la guerra civil española y fueron acogidos por diversas familias del pueblo. Cinco días más tarde, el 27 de julio, el convento fue asaltado por milicianos de la República. Entonces el P. Pinto marchó al pueblo cercano de Almonacid de Zorita. Poco después las autoridades lo devolvieron a Pastrana y las autoridades de ésta le dejaron en libertad. Se acogió en la casa de unos familiares de otro franciscano y estuvo en ella hasta finales de agosto. Ante el anuncio de un registro por parte de milicianos de Madrid, el P. Félix se fue al campo y se ocultó en una choza. Visto en las inmediaciones de la misma el día 2 ó 3 de septiembre, fue delatado. Las autoridades mandaron a cuatro jóvenes a detenerle. Éstos lo llevaron al pueblo entre burlas y malos tratos, pronunciando blasfemias y conminándole a que las repitiese. Él replicaba: «¡Qué horror! ¡Qué horror! ¡Matadme, pero yo eso no lo digo!».

Llegados al pueblo, le pasaron por una taberna, en donde siguieron maltratándole, intentando inútilmente hacerle blasfemar y que bebiese vino. El alcalde mandó que lo llevasen al Ayuntamiento y de allí al antiguo convento de San Francisco, que hacía de cárcel. En la tarde del día 6, unos milicianos se presentaron en la misma y empezaron a hablar contra la religión. El P. Pinto la defendió con toda energía y terminó la discusión diciendo: «Pues yo nací creyendo en Dios, vivo creyendo en Dios, y moriré creyendo en Dios». No fue asesinado en ese instante porque estaba presente el alcalde. Pero a ello siguió una reunión de los milicianos con el alcalde en la que decidieron matar al P. Félix esa misma noche.

Hacia la medianoche lo sacaron de la cárcel y se lo llevaron en un coche en el que iban los milicianos y el alcalde. Por el trayecto, entre los insultos y groserías de éstos, él musitaba oraciones. Salidos del término municipal de Pastrana, y ya en el de Hueva, en un lugar cercano a la cañada llamada La Galiana, le hicieron bajar del coche y le ordenaron caminar por la carretera. Apenas se había retirado unos metros, el alcalde y los milicianos le dispararon por la espalda. Mientras caía, aún tuvo fuerzas y espíritu para clamar: «¡Yo os perdono! ¡Viva Cristo Rey!». Los verdugos le dieron el tiro de gracia y lo arrastraron a la cuneta. Era la madrugada del 7 de septiembre de 1936.

El mismo día fue sepultado en el cementerio de Hueva y allí permaneció hasta que el 9 de octubre de 1989 fue trasladado a la iglesia franciscana de San Juan de los Reyes en Toledo.

MÁRTIR DE LA COMUNIDAD DE MADRID

P. PERFECTO CARRASCOSA

Villacañas (Toledo) fue la patria chica de Perfecto Carrascosa Santos, nacido el 18 de abril de 1906, uno de los cinco hijos de Benito y Ángela, labradores de posición media, que formaron una familia verdaderamente excepcional por su religiosidad. Perfecto fue un niño vivaz, cariñoso e inteligente, que sintió la religión desde la cuna y al que gustaba enseñar el catecismo a los más pequeños. A los diez años comenzó las cinco de humanidades en el seminario franciscano de Belmonte (Cuenca), donde estudió los tres primeros cursos, y las terminó en el de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), donde había sido trasladado el seminario menor. Llamaba la atención por su inocencia y se ganó el afecto de todos, compañeros y profesores. Con los compañeros hablaba con frecuencia de su sueño: llegar a ser misionero y mártir.

El 3 de agosto de 1921 vistió el hábito franciscano en Arenas de San Pedro (Ávila). La Eucaristía, el Sagrado Corazón y la Virgen María fueron sus grandes devociones. Hizo su profesión temporal el 4 de agosto de 1922. Empezó los estudios de filosofía en el convento de Pastrana (Guadalajara), pero un tumor en el tobillo le obligó a interrumpirlos. Pasó unos meses en casa de sus padres, siendo la alegría de todos, aunque con la pena de estar fuera del convento. En cuanto se vio mejorado, marchó a Consuegra (Toledo), donde terminó la filosofía y cursó la teología. Llevaba con serenidad el mal que padecía, el cual no le impedía entregarse con ardor a su formación. Obtenía calificaciones brillantes y colaboraba en la revista del seminario. Emitió su profesión solemne en Consuegra el 3 de mayo de 1927 y fue ordenado sacerdote el 2 de junio de 1929.

La enfermedad dicha le acompañó toda la vida, pero no fue capaz de robarle su optimismo y su alegría. Sencillo, simpático, bondadoso y con cierta dosis de timidez, era incapaz de hacer mal a nadie o de molestarlo, aunque él era el blanco de muchas bromas. Siempre fue parlanchín, con una locuacidad inocente y alegre que indicaba un alma limpia y candorosa. Se sentía plenamente feliz en su vocación y amaba ardientemente a su Orden y a la Iglesia. Su ideal era ser apóstol y misionero. Un hermano de hábito dice de él: «Con su modo de ser, sinceridad, afabilidad y gracia era el encanto de todos los religiosos».

Desde 1929 hasta 1935 estuvo destinado en el convento de Pastrana como profesor del seminario de filosofía. Daba clases de las materias científicas y montó un laboratorio de química. Además, era director del coro, confesor de los seminaristas mayores y, algunos años, fue asistente de la Orden Franciscana Seglar y director espiritual del seminario menor. Daba también cauce a sus ansias apostólicas escribiendo artículos y poemas en la revista Cruzada Seráfica, en los que explicaba las verdades de la fe, ensalzaba y defendía a la Iglesia y la religión en los años de la Segunda República española. En octubre de 1935 fue destinado al convento de San Antonio, de la calle Duque de Sesto, en Madrid, como secretario de la provincia franciscana de Castilla, y en donde siguió ejerciendo el apostolado sacerdotal.

Martirio.- En ese convento le encontró la guerra civil española de 1936. La comunidad tuvo que abandonar el convento a partir del 18 de julio; el P. Perfecto salió el día 20 y se refugió en casa de unos vecinos. Tras un registro, pasó a la de unos paisanos suyos, pero no queriendo comprometer a nadie, decidió marchar a su pueblo. Antes visitó al Guardián de su comunidad, le pidió permiso para irse y se confesó con él. Hacia el 24 de julio salió para Villacañas. A eso de las 11 de la noche entraba en casa de sus padres. Allí estuvo unos 50 días. En ese tiempo se preparó para el martirio con una vida de oración casi ininterrumpida. También confesó a algunas personas. Tenía miedo a la muerte y le sacudían los nervios al oír relatar los asesinatos, pero decía: «Si Dios me quiere mártir, ya me dará fuerzas para soportar el martirio». Lo veía cercano y, a pesar de su miedo, deseba esa gracia, repitiendo con frecuencia: «¡Qué ocasión para ser mártir!».

Sabían en el pueblo que estaba en casa de sus padres, pues algunos le habían visto entrar, pero ni los izquierdistas querían meterse con él, pues le consideraban «un ser inocente». Mas uno de ellos, que luego se ufanaría de haberle dado una paliza al fraile, se presentó en casa de los Carrascosa en la madrugada del 14 de septiembre acompañado de tres hombres armados, y ordenó: «¡Que salga el fraile!». Avisado, Perfecto se vistió y salió. A partir de ese momento perdió todo miedo. Dijo a la familia: «No teman ustedes por mí». El padre le dijo: «Hijo mío, a decir la verdad». Y él: «Sí, padre, sí».

Se lo llevaron a la ermita del Cristo, donde tenían presos a algunos más. Fueron 33 días de prisión heroica. La familia y otras personas constataban las señales de las torturas, que también los otros presos sufrían: el rostro amoratado, hinchado y desfigurado, los ojos enrojecidos, el cuerpo como si no cupiese en la ropa, en ésta, manchas de sangre. Una persona atestiguó: «¡Hay que ver las palizas que le están dando para que blasfeme y no lo logran!». Una vez le presionaban: «Di que tu madre es una mala mujer y que la Virgen también lo fue». Él respondió: «Mi madre no es lo que decís, aunque pudo haberlo sido; pero la Virgen ni lo fue ni pudo serlo».

No se abatió, no se quejó de las torturas ni de los torturadores, ni sufrió mella su bondad y su celo apostólico. Alentaba a los compañeros, les exhortaba a aceptar el martirio, a no blasfemar, a perdonar a los verdugos y a rezar, y les administraba el sacramento del perdón. Como dijo uno de los compañeros de prisión, «era un ángel para todos».

A primera horas de la madrugada del 17 de octubre de 1936, el P. Perfecto fue conducido junto con cinco seglares al cementerio de Tembleque (Toledo). En el trayecto expresó su gozo porque iba a alcanzar a Dios con el martirio. Ya en el cementerio, animó a los compañeros y les fue dando la absolución, para lo cual pidió ser fusilado el último. Allí fueron enterrados. Terminada la guerra civil, en abril de 1939, fueron exhumados el P. Perfecto y sus compañeros de martirio. Trasladados a Villacañas, fueron llevados procesionalmente por las calles y por la ermita que les hizo de prisión, y enterrados en el cementerio municipal. Exhumado el 1 de noviembre de 1942, el P. Perfecto fue trasladado solemnemente a la iglesia parroquial en cuyo crucero permaneció inhumado hasta el 10 de octubre de 1989, fecha en que fue inhumado definitivamente en la iglesia franciscana de San Juan de los Reyes, en Toledo.

por Marcos Rincón Cruz, OFM, Vicepostulador, Mártires Franciscanos de Castilla (1936-1938). Madrid, Edibesa, 2007, pp. 59-105
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