El Padre San Pío de Pietrelcina y el Arzobispo Marcel Lefebvre. ¿Qué sucedió realmente durante su encuentro?

La Mentira

En Estados Unidos existe un libro titulado ‘Padre Pio Gleanings’ (Selecciones del Padre Pio) de Pascal Cataneo, el cual ha sido traducido al inglés. En las páginas 58 y 59 se puede leer el siguiente pasaje:

“Entre las muchas, muchas personas quienes fueron a ver al Padre Pio, estuvo el Arzobispo Lefebvre, quien más tarde se adheriría obstinadamente a la Tradición católica, como la llamaba él, cuestionando la autoridad del Vaticano II y por lo tanto fue removido de su cargo por el Papa Pablo VI.

“El Arzobispo tuvo un encuentro con el Padre Pío en la presencia del profesor Bruno Rabajotti. Este testigo reportó que en un momento en particular el Padre Pío miró a Lefebvre de forma muy severa y dijo: ‘Nunca cause discordia entre sus hermanos y siempre practique la regla de obediencia, y sobre todo, cuando le parezca a Ud. que los errores de quienes representan la autoridad son muy serios. No existe otro camino que la obediencia, especialmente para aquellos quienes hemos hecho este voto’.

“Padre Pío le pudo haber dado este consejo debido a que él mismo tuvo que obedecer algunas órdenes cuestionables, su actitud era poner esto en las manos de Dios, porque Él encontraría la manera de que la verdad triunfase. Parece que el Arzobispo Lefebvre no veía las cosas de la misma forma, incluso cuando respondió al Padre Pío de la siguiente manera: ‘Lo recordaré, Padre’.
Padre Pío lo miró fijamente y, viendo lo que muy pronto ocurriría, dijo: ‘¡No, usted lo olvidará! usted desgarrará a la comunidad de los fieles, oponiéndose a la voluntad de sus superiores e incluso irá en contra de las órdenes del Papa mismo, y este afán sucederá muy pronto. Usted olvidará la promesa que hizo hoy y toda la Iglesia será herida por usted. No se ponga en el lugar de juez, no tome poderes que no le corresponden y no se considere como la voz del pueblo de Dios, que Dios ya ha hablado por ellos. No siembre la discordia y la disensión. Sin embargo, ¡sé que lo hará!’. Desafortunadamente, la verdad de la profecía del Padre Pío fue obvia para todos”. [Fin de cita]


La Verdad

El Arzobispo Lefebvre y el Padre Pío en el pasillo

El 8 de agosto de 1990, el Arzobispo Lefebvre escribió una carta personal a un sacerdote de la Fraternidad en Francia, quien le había escrito previamente para saber sobre su encuentro con el Padre Pío. He aquí un extracto de la carta:

“Por muchos años ya, esta difamación ha sido una mentira de principio a fin, y ha estado circulando por Italia. Ya la he refutado, pero esta mentira se niega a morir. No existe una sola palabra de verdad en la copia de la página de la revista que me envió.

“El encuentro tuvo lugar después de Pascua, en 1967, durando dos minutos. Me acompañó Fr. Barbara y un hermano de la Congregación del Espíritu Santo, el Hno. Felin. Conocí al Padre Pío en un pasillo, cuando iba de camino a su confesionario, le asitían dos Capuchinos.

“Le expliqué, en pocas palabras, el propósito de mi visita: que bendijera a la Congregación del Espíritu Santo, la cual estaba por celebrar un Capítulo General Extraordinario al que asistíría, y que estaba siendo conducida al ‘aggiornamiento’ o modernización, como estaba sucediendo con otras sociedades religiosas, y que temía que tal reunión sería problemática…

“Entonces el Padre Pío exclamó: ‘¿Yo bendiciendo a un arzobispo?, no, no, ¡es usted quien debe bendecirme a mí!’, se inclinó para recibir la bendición. Lo bendije, el besó mi anillo y continuó su camino hacia el confesionario…

Padre Pío besando el anillo de Mons. Lefebvre

“Esto fue todo lo que ocurrió en ese encuentro, ni más, ni menos. La invención que se plasma en el texto que me envía, es sólo producto de una imaginación y mendacidad satánica, el autor es hijo del ‘Padre de la Mentira’.

“Gracias por darme la oportunidad de decir una vez más la verdad, simple y llana."

“Suyo, de la manera más cordial,
en Cristo y María.
+Marcel Lefebvre.
"

Padre Pio convierte a un masón

El confesionario fue el lugar habitual de los sucesivos «milagros» realizados por él. Llegaba a pasar hasta quince horas al día confesando, con lo cual abundaban las verdaderas transformaciones interiores. Una de las conversiones espectaculares, antes de la primera persecución de que fue objeto, fue la del famoso abogado genovés Cesare Festa, gran dignatario de la masonería italiana y primo del doctor Giorgio Festa. Éste había comentado en su informe médico:

«Después de varios exámenes y ver la evolución con el tiempo de las heridas del Padre Pío, no hay otra explicación que la de que nos encontramos ante un caso sobrenatural».

Con su primo Cesare, ateo y rabiosamente anticlerical, mantenían una discusión interminable, hasta que al fin un día le dijo:
–Cesare, anda, vete a San Giovanni Rotondo y encontrarás allí un testigo que acabará con todas tus objeciones. Después ya continuaremos hablando.
Cesare decidió ir, con el propósito de desenmascarar y denunciar lo que él creía ser un fraude.
El Padre Pío no le conocía ni sabía de su existencia. Cuando le vio entrar en la sacristía junto a otros peregrinos, le espetó bruscamente:
–¿Qué hace ése entre nosotros? Es un masón.
–Pues sí, es cierto, lo soy.
–¿Qué papel desempeñas en la masonería?
–Luchar contra la Iglesia.
El Padre Pío, sin decir más, le señaló el confesonario, y ante la estupefacción de todos los presentes el abogado masón se arrodilló, abrió su corazón, y con la ayuda del padre capuchino examinó toda su vida pasada. Cuando se levantó era otro hombre, ¡llevaba la paz en su corazón! Permaneció tres días en el convento y regresó a Génova. Su conversión salió en la primera página de los periódicos. Cesare Festa fue a Lourdes y volvió a San Giovanni Rotondo para recibir de manos del Padre Pío el escapulario de la Orden Tercera franciscana.
Todo en pocos meses: de masón a franciscano. Fue recibido por el Papa Benedicto XV, quien le confió esta misión:
–Tengo en gran estima al Padre Pío, a pesar de algunos informes desfavorables que me han hecho llegar. Es un hombre de Dios. Comprométase usted a darlo a conocer, porque no es apreciado por todos como él se merece.
La Gran Logia italiana se reunió para expulsar al abogado renegado. Cesare Festa decidió asistir y dar a conocer su testimonio. El mismo día recibió una carta del Padre Pío animándole:
«No te avergüences de Cristo y de su doctrina; es momento de lucha a rostro descubierto. El Espíritu Santo te dará la fortaleza necesaria».

(Fuente: Vida del Padre Pío, Enrique Calicó) Gratis date

El silencio en clave franciscana

 

(Christus medium) OMNIUM TENENS
San Buenaventura, Collationes in Hexaëmeron I,10
Las palabras son valiosas, pero más valioso es el silencio

«Dichoso el siervo que […] no es pronto para hablar, sino que prepara sabiamente lo que ha de decir y responder» (San Francisco).
El silencio es siempre compañero de la palabra. Podemos decir que la palabra nace en el silencio. Una palabra oportuna, madura, responsable, que construye y da vida. En el campo del lenguaje, hay siempre espacio para el silencio y el callar. Cuando la persona no dedica un tiempo a callar, a no hablar, pierde la ocasión para que madure en su interior lo que habrá de decir y se daña a sí misma. Para tener autoridad moral, hay que aprender a callar.
La palabra, el lenguaje, es algo personal. Es también una música, que puede ser armonía que une los corazones, o bien puede crear caos, una cacofonía. Entonces se entiende el valor del silencio, precisamente cuando la palabra muestra sus límites.
El uso de las palabras requiere el sentido común por parte nuestra. Una persona que habla mucho puede ser incapaz de expresar una idea, aunque use mil palabras. Al contrario, quien sabe callar y es dueño del silencio sabe expresarse de un modo adecuado incluso con una sola palabra. Por otra parte, a veces una palabra es menos expresiva que un momento de silencio.
A menudo, en la vida cotidiana hay situaciones que no conseguimos afrontar. En esos casos el silencio puede ser una gran ayuda, un silencio que se convierte en escucha de la realidad y del sentido que se encuentra más allá de las palabras, los acontecimientos y las personas. Dicho sentido, en definitiva, reside en Dios y en su amor infinito y eterno.
Nuestra fe consiste esencialmente en agradar a Dios, darle gloria, y así agradar al hombre, es decir, hacerle el bien. Podemos decir, como Jesús, que el núcleo esencial de nuestra religión es el amor al prójimo, hacerle el bien en la verdad: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12). No es posible vivir esta religión del amor mutuo si no sabemos dominar la palabra, es decir, si no sabemos callar y fiarnos de Dios y del prójimo, que puede abrirse también a su luz aunque no intervengamos nosotros. Muchas veces el silencio tiene un gran poder. Se dice que “el silencio es el escudo de los ignorantes y la protección de los sabios”.
Hoy no se cultiva el silencio. Es una verdadera lástima que a menudo y por doquier haya ruido y muchas, demasiadas palabras. También entre nosotros, los creyentes en Cristo, abundan las reuniones rebosantes de palabras. Se trata de un problema que afecta al alma, el espíritu, la vida. Hay una saturación, debida al exceso de actividad del cuerpo y de la mente. Necesitamos recogimiento, espacios de pausa, de silencio, de quietud, para regenerar mente, cuerpo y corazón. Es entonces cuando se manifiesta la verdad y se descubre a la persona: al Señor, a nosotros mismos, a los hermanos y hermanas.
Una Facultad Teológica se dedica, sobre todo, a profundizar en la Verdad y a comunicarla. Se usan muchas palabras: escritas, leídas, dichas. Pero precisamente en un centro de estudios como el nuestro, el silencio tiene una gran importancia. No es suficiente leer, estudiar, dar clase y debatir sobre las verdades de las que nos ocupamos. Es muy importante profundizar, y esto requiere tiempo y espacios de silencio.
Hoy corremos el peligro de descuidar la reflexión profunda. En cambio, ésta es fundamental para que el pensamiento no sea superficial y las decisiones no sean casuales, es decir, vanas. Hay que aprender, pues, a hacer silencio, a tomarse el tiempo necesario para dejar que la verdad conocida repose en nuestra mente y, al calor de la caridad, se gesten afirmaciones verdaderas y profundas, surjan intuiciones penetrantes acerca del significado de los signos de nuestro tiempo. Para que el servicio de la búsqueda de la verdad, al que todos estamos llamados de algún modo, pueda resultar útil al hombre y la mujer de hoy, es necesario hacer silencio y dejar que broten de él nuestras declaraciones, la comprensión de las verdaderas necesidades de la humanidad contemporánea y las decisiones que estamos llamados a tomar. En esto, San Francisco era un maestro, un hombre capaz de pasar largos periodos de silencio, durante las diversas “cuaresmas” que hacía cada año. Se retiraba al silencio como a un lugar de encuentro con la única Palabra verdadera, el paradigma que ilumina y da sentido a la realidad y a partir del cual recibe significado toda palabra humana. En definitiva, el silencio, sobre todo el silencio de quien ama a Dios, es precisamente eso: un lugar de encuentro, un ámbito en el que sumergirse en la verdad y la luz, para salir de ahí más auténticos, más libres, más sencillos y capaces de comunicar de verdad.
Que nuestros santos nos ayuden a vivir en plenitud esta dimensión humana y sobrenatural fundamental: la palabra y el silencio. 
Por: P. Zdzisław J. Kijas, OFMConv 
Presidente de la Facultad San Buenaventura (Roma)