REGLA DE LA TERCERA ORDEN SEGLAR DE SAN FRANCISCO DE ASÍS - Regla de León XIII

Regla de León XIII
Bula “Misericors Dei Filius”

            El misericordioso Hijo de Dios, que, imponiendo a los hombres un yugo suave y un peso ligero, provee a la vida y a la salud de todos, dejó a la Iglesia, fundada por Él, no sólo heredera de la potestad, sino también de su misericordia, para que los beneficios, adquiridos por Él se propaguen con constante tenor de caridad a todas las generaciones a través de los siglos. Por lo que, como en todo lo que Jesucristo hizo y prescribió en su vida mortal, brilla siempre humilde sabiduría y grandeza de invencible benignidad, así en cada instituto de la Iglesia reluce tal maravillosa indulgencia y sencillez, hasta hacer ver que aún en esto Ella refleja la imagen de Dios que es caridad. De tal materna clemencia es proprio particularmente el adaptar sabiamente las leyes, hasta donde se puede, a los tiempos y a las costumbres, y usar siempre en la adaptación y en la exigencia suma discreción. De donde se deduce que la Iglesia, con tal afecto de caridad y de paciencia, aúna la inmutabilidad absoluta y sempiterna del dogma con la prudente variedad de la disciplina. Por esta razón, confirmando Nos el ánimo y la mente en el ejercicio del Sumo Pontificado, estimamos competencia de nuestro oficio pesar en equilibrada balanza la naturaleza de los tiempos, y consideradas todas las circunstancias, aunque alguno considere que freno la práctica de saludables virtudes. Y ahora Nos parece bien adecuar a esta norma la Fraternidad Franciscana de la Tercera Orden Seglar, y ponderar diligentemente si es oportuno suavizar un poco las leyes, según los cambios de los tiempos.
            Nos ya hemos recomendado ardientemente a la piedad de los fieles este mismo Instituto del Patriarca San Francisco, mediante nuestra Encíclica “Auspicato”, publicada el 17 de septiembre del año pasado. Y la publicamos con el deseo y con la única intención de invitar a la adquisición de la santidad cristiana en tiempo oportuno, con nuestra propuesta, a cuantos más puedan. Origen principal, de verdad, de los males que nos oprimen y de los males que nos amenazan, es la observancia negligente de las virtudes cristianas. Pero los hombres no pueden remediar estos males y conjurar estos peligros por otro camino, que acelerando la vuelta de las personas y de la sociedad a Jesucristo, que puede salvar perpetuamente a cuantos por su medio se acercan a Dios. Ahora bien, la observancia de los preceptos de Jesucristo miran a los Institutos de San Francisco: porque ninguna otra cosa se propuso su santísimo Fundador, sino abrir en ellos como una palestra, en la que se viviese con mayor diligencia la vida cristiana.
            Las dos primeras Órdenes Franciscanas, ciertamente,  ejercitándose en la escuela de las grandes virtudes, tienden a algo más perfecto y divino. Pero estas dos Órdenes son accesibles a pocos, es decir, sólo a aquellos a los que por especial gracia de Dios es concedido aspirar con singular prontitud a la santidad de los consejos evangélicos. Pero la Tercera Orden ha nacido para el pueblo; y cuanta eficacia tenga para formar buenas, íntegras, piadosas costumbres, se deduce por ella misma, y por el testimonio de los tiempos transcurridos.
            Debemos reconocer a Dios, Autor y Ayudador de buenos consejos, que no permanecieron cerrados los oídos del pueblo cristiano a nuestras exhortaciones. Por el contrario, sabemos que en muchos lugares, se ha encendido de nuevo la piedad hacia el Patriarca de Asís y ha aumentado poco a poco el número de los que solicitan inscribirse en la Tercera Orden. Por lo cual, con la intención de animar al que corre, Nos decidimos dirigir Nuestro pensamiento allí, donde este feliz itinerario de los ánimos parece impedido o retardado. En primer lugar, examinamos la Regla de la Tercera Orden, aprobada por Nuestro Predecesor Nicolás IV y confirmada con la Constitución “Supra Montem”, el 18 de agosto de 1289, y la consideramos que no responde plenamente a los tiempos y a las costumbres de hoy en día. Por lo que, no pudiendo cumplir las obligaciones asumidas  sin demasiada molestia y fatiga, fue necesario hasta ahora, a instancia de los asociados, pasar por encima de aquellas leyes; y como esto no llega nunca sin menoscabo de la disciplina común, es fácil comprenderlo.
            Además, se daba otra razón en la misma Confraternidad que requería Nuestra asistencia. Queremos decir que los Romanos Pontífices, Nuestros Antecesores, habiendo acogido con suma benevolencia a la Tercera Orden desde su nacimiento, otorgaron a los Terciarios muchas y amplias Indulgencias para la expiación de las culpas. La índole y la razón de tales Indulgencias, en el transcurso de los años, llegó a ser ambigua y perpleja, por lo que en diversas ocasiones se cuestionó, si el indulto papal era cierto, y en qué tiempo y en qué medida se podía hacer uso.
Ciertamente que la providencia de la Sede Apostólica no se descuidó urgida por la necesidad y particularmente Benedicto XIV P.M. con su Constitución “Ad Romanum Pontificem”, del 15 de marzo de 1751, hizo desaparecer las primeras dudas que habían surgido.
            Pero aparecieron otras, sucesivamente, como suele ocurrir. Por lo que Nos movidos por la solicitud de tales incomodidades, designamos algunos Cardenales de la S.R. Iglesia pertenecientes a la S. Congregación de las Indulgencias y sagradas Reliquias, encomendándoles que revisasen con mucha atención la primitiva Regla de los Terciarios, e igualmente, redactado el elenco de todas las Indulgencias y Privilegios; los examinaron y Nos refirieron, después de maduro juicio, qué entendían se tuviese que retener o renovar, dada la condición de los tiempos,. Hecho cuanto habíamos ordenado, los dichos Cardenales nos propusieron que confirmáramos y acomodáramos las antiguas leyes al actual modo de vivir , modificando algunos capítulos. Luego, en torno a las Indulgencias, para no dar lugar a dudas y evitar el peligro de que algo no camine debidamente, juzgaron que Nos obraríamos sabia y útilmente, si a ejemplo de Benedicto XIV, retiradas y abrogadas todas las Indulgencias que hasta aquí se encuentran en vigor, concediésemos otras nuevas a la misma Fraternidad.
            Así pues, para que redunde el bien, aumente la gloria de Dios, y se incremente todavía más el amor a la piedad y a las otras virtudes cristianas, Nos, con esta Constitución y con Nuestra Apostólica Autoridad, renovamos y aprobamos en el modo que sigue la Regla de la Tercera Orden Seglar de San Francisco. Con lo que nadie piense que se toca la íntima naturaleza de la misma Orden, la cual, por el contrario, queremos que permanezca inalterable y entera. Queremos, además, y mandamos que todos los Terciarios gocen de las Indulgencias y Privilegios que aquí se hallen detallados, anuladas totalmente las demás Indulgencias y Privilegios, que a la misma Fraternidad han sido concedidos hasta hoy por esta Sede Apostólica en cualquier tiempo, o nombre, o forma.

REGLA
de la tercera orden seglar de san francisco

Capítulo I
De la aceptación, Noviciado, Profesión
I.       No se acepte en la Orden Tercera al que no haya superado la edad de catorce años, y no sea de buenas costumbres, amante de la concordia, y especialmente de acreditada fe en la profesión católica y de comprobado respeto hacia la Iglesia Romana y la Sede Apostólica.
II.      Las casadas no se admitan sin que el marido lo sepa y consienta, excepto el caso en que el confesor decida diversamente.
III.    Los inscritos a la Fraternidad lleven el pequeño escapulario y el cíngulo según la costumbre: si no lo llevan, queden privados de los privilegios y derechos concedidos.
IV.    Los Terciarios y las Terciarias, cuando son recibidos en la Orden, pasen en el noviciado el primer año: luego, admitidos, según el ritual a  la profesión de la misma Orden, prometan observar los mandamientos de Dios, obedecer a la Iglesia, y si faltan en algún punto de su profesión, sean diligentes en enmendarse.

Capítulo II
De la disciplina
I.       Los Terciarios y las Terciarias se abstengan en todo del lujo y de la refinada elegancia, ateniéndose a aquel gusto medio, que conviene a la condición de cada uno.
II.      Se alejen con suma cautela de bailes y espectáculos peligrosos y de toda orgía.
III.    Sean frugales en la comida y en la bebida y no se sienten ni se levanten de la mesa  sin haber invocado piadosamente y dadas gracias al Señor.
IV.    En la vigilia de la Inmaculada Concepción de María y del Patriarca San Francisco cada uno observe el ayuno; es muy encomiable, si ayunan además todos los viernes y se abstienen de la carne el miércoles, según la antigua usanza de los Terciarios.
V.      Se acerquen a los Sacramentos de la Confesión y de la Comunión cada mes.
VI.    Los Terciarios Eclesiásticos, dado que cada día deben recitar las Horas canónicas, por esta parte no tienen otra obligación. Los laicos que no recitan el oficio divino ni el oficio parvo de la Bienaventurada Virgen, digan cada día doce Pater noster, Ave María y Gloria Patri, excepto los que están impedidos por enfermedad.
VII.   Aquellos que por ley pueden, hagan con tiempo testamento de sus cosas.
VIII. En familia sean de ejemplo para otros, promoviendo ejercicios de piedad y buenas obras. No permitan que entren en casa libros y periódicos que dañen la virtud, e impidan la lectura a los que están sujetos a ellos.
IX.       Cuiden de mantener entre ellos y con los demás generosidad caritativa. Donde puedan, trabajen por extinguir las discordias.
  1. X.                No juren nunca, a no ser en caso de verdadera necesidad. Huyan del hablar indecente, de toda vulgaridad y de toda burla. Cada tarde hagan el examen para ver si han cometido alguna falta; habiéndola cometido, se arrepienten y enmienden la falta.
  2. XI.             Aquellos que pueden asistan cada día a la Santa Misa. A invitación del Ministro participen cada mes a la reunión.
XII.     Pongan en común, según las posibilidades de cada uno, algo      para aliviar a los hermanos necesitados, principalmente en las enfermedades, o para proveer al decoro del divino oficio.
XIII.   En l visita a los Terciarios enfermos, los Ministros, vayan ellos mismos, o manden cumplir los debidos oficios de caridad. Y si la enfermedad es peligrosa, amonesten y persuadan al enfermo a que prepare a tiempo las cosas del alma.
XIV.  En los funerales de los hermanos difuntos los Terciarios del lugar y los forasteros que allí se encuentren, se reúnan y reciten juntos una tercera parte del Santo Rosario en sufragio del finado. Los sacerdotes en el divino sacrificio, y los seglares acercándose a la Sagrada Comunión, si pueden, recen piadosa y de buena gana por la paz del hermano difunto.

Capítulo III
De los Oficios, de la Visita, de la misma Regla
I.       Los diversos oficios se confieran en las reuniones de los hermanos. Los oficios duren tres años. Ninguno, sin justa causa, rechace o ejecute con negligencia el oficio que se le ha otorgado.
II.      El Visitador indague diligentemente si se observa la Regla. Con este fin, una vez al año, visite de oficio a los Hermanos, convoque a reunión general a los Ministros y a los hermanos. Si el Visitador amonestando o mandando llama a alguno al deber, o impone alguna penitencia saludable, éstos dócilmente la acepten y no rechacen cumplirla.
III.    Los Visitadores se elijan de entre los religiosos de la Primera Orden y de la Tercera Orden Regular Franciscana; y sean designados por los guardianes cuando sean solicitados. El oficio de Visitador no está permitido a los laicos.
IV.    Los Terciarios insubordinados y de mal ejemplo sean amonestados de su obligación por segunda y tercera vez: si no obedecen, sean expulsados.
  1. V.                Si en las prescripciones de esta Regla alguno llega a faltar, sepa que no incurre por este título en verdadero pecado, a no ser que la falta ofenda las leyes de Dios y los preceptos de la Iglesia.
VI.    Si alguno por grave o justa causa no puede observar alguna prescripción de esta Regla, es lícito dispensarlo de esta parte o prudentemente hacerle el cambio. Y acerca de esto los Superiores ordinarios Franciscanos de la Primera y de la Tercera Orden, como también los Visitadores, tengan pleno poder.

            Todas y cada una de estas cosas, en el modo que arriba han sido decretadas, queremos que permanezcan firmes, estables y aprobadas en perpetuidad: no obstante las Constituciones, las Cartas Apostólicas, los Estatutos, las Costumbres, los Privilegios, las otras Reglas Nuestras y de la Cancillería Apostólica y cualquier otra cosa en contrario. A ninguno, por lo tanto, le sea lícito violar e modo alguno alguna parte de las presentes nuestras letras: cualquiera que lo ose, sepa que incurre en la indignación de Dios Omnipotente, y de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo.

            Dado en Roma, junto a San Pedro, el año de la Encarnación del Señor 1883, el 30 de mayo, año sexto de Nuestro Pontificado.

León Papa XII

Padre Pio, testigo excepcional de la Pasión de Cristo

por P. Alberto Royo Mejía
Al igual que su santo Patrón, Francisco de Asís, San Pío de Pietrelcina (1887-1968) recibió en 1918 los estigmas de Jesús Crucificado, quien en una aparición lo invitó a unirse en su Pasión para participar en la salvación de los hermanos, en especial de los consagrados. Este particular se conoce gracias a la reciente apertura de los archivos del antiguo Santo Oficio de 1939 (actual Congregación para la Doctrina de la Fe), que custodian las revelaciones secretas del fraile sobre hechos y fenómenos nunca contados a nadie.
Recientemente han salido a la luz en el libro “padre Pio sotto inchiesta. L’autobiografia segreta” (padre Pío indagado. La autobiografía secreta), con prólogo de Vittorio Messori, y escrito por el sacerdote italiano Francesco Castelli, historiador para la causa de beatificación de Karol Wojtyla y profesor de Historia de la Iglesia moderna y contemporánea en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas “R. Guardini” de Taranto (Italia). Hasta hoy parecía, de hecho, que Pare Pío, por pudor o quizás por considerarse indigno de los extraordinarios carismas recibidos, no habría revelado nunca a nadie qué sucedió el día de su estigmatización. Sólo un dato al respecto se encuentra en una carta enviada a su director espiritual, el padre Benedetto da San Marco in Lamis, cuando habla de la aparición de un “misterioso personaje”, pero sin dejar traslucir otros detalles.
El libro, que ofrece por primera vez el informe íntegro redactado por el Carmelita Descalzo monseñor Raffaello Carlo Rossi, entoces obispo de Volterra (después llegó a Cardenal) y Visitador Apostólico enviado por el Santo Oficio para “inquirir” en secreto al padre Pío, aclara finalmente que el santo de Gargano tuvo un coloquio con Jesús crucificado. Monseñor Rossi, que hoy en día está también en proceso de Canonización por la fama de santidad que produjeron sus virtudes entre la gente, fue el único representante de una congregación vaticana encargado de estudiar los estigmas del padre Pío. Se pronunció favorablemente, considerando que su origen era divino, desmintiendo punto por punto las hipótesis presentadas por el padre Agostino Gemelli, que sin haber examinado al Padre Pío, definió injustamente los estigmas como “fruto de la sugestión”.

Una segunda fuente autobiográfica del padre Pío, prestada bajo juramento, se añade a su epistolario, ofreciendo las claves de lectura adecuadas para conocer la personalidad y la misión de “sacerdote asociado a la Pasión de Cristo” del fraile con los estigmas. Llamado a responder jurando sobre el Evangelio, a brevísima distancia de cuando sucedieron los fenómenos místicos, el padre Pío revela por primera vez la identidad de aquel que le ha estigmatizado.
Es el 15 de junio de 1921, hace poco que han pasado las 17 horas, e interrogado por el obispo, el padre Pío respondió así: “El 20 de septiembre de 1918, después de la celebración de la Misa, al entretenerme para hacer la acción de gracias en el Coro, en un momento fui asaltado por un gran temblor, después volví a la calma y ví a NS (Nuestro Señor) con la postura de quien está en cruz, lamentándose de la mala correspondencia de los hombres, especialmente de los consagrados a Él y por ello más favorecidos”.
“De aquí -continúa su relato- se manifestaba que él sufría y que deseaba asociar a las almas a su Pasión. Me invitaba a compenetrarme con sus dolores y a meditarlos: al mismo tiempo, a ocuparme en la salud de los hermanos. Seguidamente me sentí lleno de compasión por los dolores del Señor y le preguntaba qué podía hacer. Oí esta voz: ‘Te asocio a mi Pasión’. Y acto seguido, desaparecida la visión, volví en mí, recobré la razón y ví estos signos aquí, de los que goteaba sangre. Antes no tenía nada”.
El padre Pío revela por tanto que la estigmatización no fue el resultado de una petición suya sino una invitación del Señor, que lamentándose de la ingratitud de los hombres, particularmente de los consagrados, le hacía destinatario de una misión, como culmen de un camino de preparación interior y mística. Por otro lado, explica el autor del libro, “el tema de la mala correspondencia de los hombres, particularmente de aquellos que habían sido más favorecidos por Dios, no es nuevo en las revelaciones privadas del capuchino”. De hecho, el padre Pío relató que en una aparición, sucedida el 7 de abril de 1913, Jesús, con “una gran expresión de disgusto en el rostro” mirando a una multitud de sacerdotes, le dijo: “Yo estaré por causa de las almas más beneficiadas por mí, en agonía hasta el fin del mundo”.
Francesco Castelli afirma que “hay un aspecto decisivo en el hecho de que no hubiera una petición de los estigmas por parte del padre Pío. Esto nos da a entender la libertad y la humildad del Capuchino, que no mostraba absolutamente ningún interés en mostrar las heridas”. “La humildad del padre Pío se trasluce también en su reacción, al recobrar los sentidos. Los signos de la Pasión marcados en su carne -subraya el historiador-. Una vez concluida la escena mística, no habla de ella. No hace ningún comentario”. De las conversaciones, de su correspondencia, de los testigos interrogados por monseñor Rossi e incluso de su informe se desprende el hecho de que el padre Pío sentía disgusto por los signos de la Pasión, que intentaba esconderlos y que sufría por tener que mostrarlos por las continuas peticiones del visitador apostólico.
El libro refiere además las conclusiones de monseñor Rossi a los reconocimientos realizados sobre los estigmas del padre Pío, efectuados personalmente por él, y de los que se tenía noticia solo en parte, y que aporta grandes novedades, especialmente en lo que respecta a la morfología de la herida del costado y la presunta sexta llaga de la espalda. En su informe, el Visitador revela que las heridas del padre Pío no supuraban, no se cerraban, no cicatrizaban. Permanecían inexplicablemente abiertas y sangrantes, a pesar de que el fraile había dejado de untarlas con tintura de yodo para intentar contener la sangre.
Tras el examen, el Obispo escribiría: “los estigmas en cuestión no son ni obra del demonio ni un grueso engaño, ni un fraude, ni un arte malicioso o malvado; menos producto de la sugestión externa, ni tampoco las considero efecto de sugestión”. En definitiva, añadía Mons. Rossi, los elementos distintivos “de los verdaderos estigmas se encontrarían en los del Padre Pío”. Otros detalles como las fiebres altísimas y el perfume a andanadas que percibió él mismo, reconfirmaban el hecho como cierto. Para Francesco Castelli lo primero que emerge de estas investigaciones es que el “temido dicasterio romano no fue, en estas circunstancias, un enemigo del Padre Pío sino ¡todo lo contrario! Mons. Rossi se reveló como un inquisidor preciso hasta la desesperación pero también un hombre maduro de auténtico valor, desprovisto de durezas injustificadas hacia quien cuestionaba”.
Gracias a estas investigaciones, el ex Santo Oficio posee una crono-historia del Padre Pío escrita por su “padre espiritual, un documento riquísimo de información que hasta ahora había sido casi ignorado”. Tras explicar que después de 1939 no hay una forma clara de contar lo que aconteció con el sacerdote capuchino que falleció el 23 de septiembre de 1968, Castelli relata la forma en que Mons. Rossi recordaría, con sus propias palabras, al Santo: “el Padre Pío es un buen religioso, ejemplar, ejercitado en la práctica de la virtud, dado a la piedad y elevado tal vez en grados de oración que van más allá de lo externo, resplandeciente en particular por una profunda humildad y una singular simplicidad que nunca han venido a menos ni siquiera en los momentos más graves, en los que estas virtudes fueron puestas a pruebas de manera grave y peligrosa”.
“La descripción de monseñor Rossi sobre el estigma del costado -afirma Castelli – es decididamente diferente a las de quienes le han precedido y de los que le han seguido. No se le presenta como una cruz inclinada o incluso oblicua, sino como una “mancha triangular”, y por tanto de contornos definidos”. En el acta del examen, el obispo de Volterra, contrariamente a lo que revelan otros médicos, sostiene que “no hay aperturas, cortes o heridas” y que en tal caso “se puede suponer legítimamente que la sangre salga por exudación”, es decir -explica Castelli- que se tratara de “material sanguíneo que ha salido afuera por una forma de hiper-permeabilidad de las paredes de los vasos”.
“Esto testifica a favor de su autenticidad -explica el historiador- porque el ácido fénico, que según algunos habría sido utilizado por el padre Pío para producirse las llagas, una vez aplicado acaba por consumir los tejidos inflamando las zonas circundantes. Es difícil pensar que el padre Pío hubiese estado en grado de producirse estas heridas de bordes netos durante 60 años y de forma constante”, comenta Castelli. “Además, de las llagas se desprendía un perfume intenso de violeta en lugar del olor fétido causado las más de las veces por procesos degenerativos o por la necrosis de los tejidos, o por la presencia de infecciones”.
Otro elemento digno de mención es el hecho de que el padre Pío confesara abiertamente no tener otros signos visibles de la Pasión fuera de los de las manos, los pies y el costado, excluyendo la existencia de una llaga a la altura del hombro donde Jesús llevaba la cruz, de la que habla una oración atribuida a san Bernardo.
Fuente: Temas de Historia de la Iglesia – http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/0909230836-padre-pio-testigo-excepcional

El Padre Pío y la reforma de la misa

Fuente: Roma Aeterna
¿Qué pensaba el Padre Pío de la reforma de la misa? Es éste un dato que ha interesado e interesa tanto a defensores como a detractores de ésta porque siempre conviene tener como argumento a favor de la propia postura la opinión de un santo. Y qué duda cabe de que el estigmatizado capuchino es de los más populares e influyentes entre los católicos. La cuestión ha sido debatida aunque sin un resultado unánime. Cada quien pretende llevar agua a su molino y así se nos presenta, por un lado, a un Padre Pío enemigo del Novus Ordo, mientras, por otro, a un verdadero entusiasta de la reforma. No se ofrecen, sin embargo, pruebas incontestables ni por uno ni por otro lado.
Para mejor dilucidar la cuestión conviene recordar las etapas de la reforma litúrgica postconciliar (en especial por lo que respecta al rito de la misa):
4 de diciembre de 1963: Es promulgada la constitución Sacrosanctum Concilium sobre Sagrada Liturgia, primer documento emanado por el Concilio Vaticano II.
25 de enero de 1964: El papa Pablo VI da su motu proprio Sacram Liturgiam, por el cual se dispone la entrada en vigor de algunas prescripciones de la constitución sobre Sagrada Liturgia. El ordinario de la misa no es, de momento, tocado.
26 de septiembre de 1964: La Sagrada Congregación de Ritos y el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia publican conjuntamente la instrucción Inter Oecumenici para la aplicación de la constitución Sacrosanctum Concilium. Primeras modificaciones del ordinario de la misa –con supresión del salmo Judica me y del último evangelio y adición de la oración común de los fieles– y de los tratados Ritus servandus in celebratione Missae y De deffectibus in celebratione Missae occurrentibus, contenidos en la edición típica del Misal Romano de 1962. Introducción de la lengua vernácula en algunas partes de la misa con asistencia de fieles.
27 de enero de 1965: Aparición del llamado “Ordo de 1965”, que constituye el texto revisado del ordinario de la misa y de los tratados Ritus servandus in celebratione Missae y De deffectibus in celebratione Missae occurrentibus, contenidos en la edición típica del Misal Romano de 1962, en aplicación de la instrucción Inter Oecumenici.
5 de marzo de 1967: Instrucción Musicam sacram de la Sagrada Congregación de Ritos, por la cual se introduce el canto en lengua vernácula en las acciones litúrgicas.
4 de mayo de 1967: La Sagrada Congregación de Ritos y el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia publican conjuntamente la instrucción Tres abhinc annos, segundo documento para la recta aplicación de la constitución Sacrosanctum Concilium. Se suprimen ciertos ósculos, signos de la cruz y genuglexiones, así como otros gestos de reverencia, y se introduce ampliamente la lengua vernácula (permitiéndose incluso en el canon para las misas con asistencia de fieles). A pesar de todo, el rito básico de la misa sigue siendo el de la edición típica del Misal Romano de 1962.
24 de octubre de 1967: El P. Annibale Bugnini, secretario del Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia y secretario de la Comisión de Liturgia del Sínodo de los Obispos que tiene lugar en Roma, realiza en la Capilla Sixtina, delante de los padres sinodales, una “celebración-piloto” de la llamada missa normativa, confeccionada en el seno del Consilium y que es propuesto a aquéllos como la forma definitiva de la misa reformada según las prescripciones conciliares. A diferencia de los cambios de 1965 y de mayo de 1967, la missa normativa no es una modificación del rito tradicional contenido en el Misal Romano de 1962, sino un rito distinto. Sometida a votación, esta misa no recaba un consenso favorable general y retorna a las oficinas del Consilium.
3 de abril de 1969: Pablo VI promulga la constitución apostólica Missale Romanum, por la cual introduce un nuevo rito de la misa (Novus Ordo Missae), el cual no es otro que la missa normativa apenas retocada.

El centro de la vida del santo capuchino
Con los datos que acabamos de consignar podemos seguir con seguridad el hilo de los acontecimientos relativos a la cuestión que nos ocupa. Hace décadas que corre la historia de que el Padre Pío “rechazó el Novus Ordo Missae”. El simple hecho de que el santo murió el 23 de septiembre de 1968, es decir, más de seis meses antes de la publicación del nuevo misal, desbarata la especie. El Padre Pío no pudo rechazar el Novus Ordo porque sencillamente no pudo conocerlo. Sin embargo, se aduce que, anticipándose a la reforma radical que se avecinaba, había solicitado al Papa una dispensa para poder seguir oficiando con el rito tradicional. De dicha dispensa habría sido portador el cardenal Antonio Bacci, a quien el Padre Pío habría encargado decir a Pablo VI: “por piedad, ponga rápidamente fin al Concilio”. Nuevamente el cotejo de fechas no cuadra. El cardenal Bacci visitó al Padre Pío en San Giovanni Rotondo el 1º de abril de 1964. Mal podría éste haber pedido a aquél entonces que le gestionara una dispensa para seguir empleando un rito que seguía vigente e intacto y podía celebrar con toda tranquilidad. Sólo en enero de 1965, o sea diez meses después de la visita cardenalicia, fue cuando comenzaron los cambios.
La dispensa, sin embargo sí se pidió y se obtuvo, pero no hubo la intervención del cardenal Bacci. El 17 de febrero de 1965, fray Carmelo da San Giovanni in Galdo, guardián del convento de San Giovanni Rotondo, escribía a Roma, por encargo del Padre Pío, manifestando que éste “con 78 anni, tiene la vista debilitada y padece por la vida de trabajo que lleva y por los demás sufrimientos de todos conocidos”, por lo cual “ruega que la Santa Misa celebrada por él todas las madrugadas en hora inhabitual (alrededor de las 4:30), es decir dos horas antes de las misas fijadas que se suelen celebrar en nuestro santuario, se considere como misa privada y, como tal, exenta de las normas concernientes a la misa con participación de pueblo, quedando a salvo la adaptación a la uniformidad por lo que respecta a las demás ceremonias que han de observarse en las misas privadas” (Positio de la causa de beatificación, volumen III/1, pág. 753). El cardenal Ottaviani respondió positivamente el 20 de febrero de 1965 (como consta en misma Positio, ibid., pág. 754).
¿En qué consistió, pues, la dispensa? La misa del Padre Pío, a pesar de lo intempestivo de la hora, era concurridísima por los fieles, que acudían de todas partes de Italia, de Europa y del mundo. No se podía considerar, a la verdad, una missa sine populo. Así pues, normalmente, habría tenido que adaptarse a las particularidades de la missa cum populo que comportaba partes recitadas en italiano, lo cual habría supuesto un excesivo esfuerzo para la vista del Padre Pío, al tener que leer textos vernáculos que no le eran familiares, siendo así que se sabía de memoria los latinos. Pero en virtud de la dispensa podía seguir celebrando íntegramente en latín. Era una especie de aplicación del antiguo privilegio de los sacerdotes caecucientes, a los que, en razón de mala visión o de ceguera parcial o total se les concedía la dispensa del calendario litúrgico, pudiendo celebrar todos los días la misa de Beata (de la Virgen María) o de Requie (de difuntos), cuyos formularios eran conocidos y fáciles de retener y se imprimían a grandes caracteres en misales especiales. La dispensa se refería sólo al idioma, ya que en la carta de fray Carmelo se declara la conformidad con “las demás ceremonias prescritas para la misa privada”. Es decir, el Padre Pío celebraría el Ordo de 1965 íntegramente en latín, que seguía siendo prácticamente el rito del Misal Romano de 1962, sólo que mutilado.

El Padre Pío no era un entusiasta de las reformas
 El santo capuchino, dada la altísima idea que tenía del santo sacrificio de la misa y la extraordinaria piedad con la que lo celebraba (hasta el punto de estarse dos horas en el altar) no vería con los mejores ojos los cambios que se estaban operando y que, claramente, eran pasos previos a algo de mayor envergadura y que llevaban en una dirección por lo menos extraña a la tradición litúrgica. Un testimonio que ilumina el pensamiento del Padre Pío a este respecto es el de su hijo espiritual y biógrafo, el abogado Antonio Pandiscia, el cual asegura que le dijo en cierta ocasión acerca del Misal Romano tridentino: “En confianza, siempre he seguido ese misal; ¿por cuál razón tengo hoy que cambiar?”, lo que indica poco entusiasmo –por no decir ninguno– hacia la reforma litúrgica. Sin embargo, no se opuso a ella, sino que la acató, como puede verse en la grabación que se hizo de su última misa (que tuvo lugar el 22 de septiembre de 1968, la víspera de su muerte), en la que celebra de cara a los fieles, pudiéndose apreciar ciertos elementos extraños que atestiguan la adaptación a los cambios de 1967. Como se trataba de misa solemne, el diácono y subdiácono hacen las lecturas en italiano. En los últimos tiempos, el Padre Pío celebraba sentado debido a su delicado estado de salud.
 Puede, por lo tanto, decirse que, si bien personalmente nuestro santo no estuviera de acuerdo con la evolución de la reforma litúrgica, sin embargo, se sometía a las disposiciones del Papa y de la Santa Sede en virtud de aquella obediencia religiosa a la Iglesia, de la que siempre hizo gala a pesar de las duras persecuciones de las que fue objeto y precisamente por obra de los hombres de Iglesia. Una rebelión abierta por su parte habría sido impensable. El Padre Pío no vivió lo suficiente para ver instalada la reforma bugniniana. Es claro que no le habría gustado en absoluto y que habría solicitado una nueva dispensa. También es probable que Pablo VI se la habría otorgado fácilmente en atención a la persona y a la circunstancia de tratarse de un anciano fraile de 81 años con las fuerzas mermadas. Seguramente habría estado de acuerdo con el Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae presentado al papa Montini por los cardenales Ottaviani y Bacci, pero, dada su inquebrantable sumisión franciscana a la autoridad de la Iglesia, ¿quién sabe qué actitud hubiera tomado? Pero esta es ya entrar en el terreno de la conjetura.

La última misa del Padre Pío (22 de septiembre de 1968